El PSOE sanchista –no el tradicional, que malvive hoy encerrado– es el partido de las popelinas rotas. De las camisas hechas girones y listas para hacer bayetas. Del fracaso. Y es que el rasgado de vestiduras, desde las sisas hasta el final de los delanteros, se acentúa en Moncloa y en su sincronizada cuadrilla de voceros, a la vez que se invoca, de forma paralela, la presunción de inocencia del expresidente Zapatero y sus oscuros y posibles intereses. De momento –y en ninguno de los sentidos– nada está demostrado. El tiempo dirá y los jueces acotarán cuando corresponda. Que ya están en ello, tras la primera comparecencia judicial del político leonés.
Sobre el particular, la democracia garantiza que la presunción de inocencia es un derecho insoslayable para cualquier acusado y en cualquier circunstancia. Y tanto es así, que atrapan a un sujeto con un arma blanca ensangrentada y un cadáver a sus pies, y se dice que ‘presuntamente’ le habría acuchillado. Por lo tanto, la presunción de inocencia, por principio, se aplica sin discusión alguna. Y es razonable.
Desde este punto de vista están sacando matrícula de honor los socialistas pandereteros y bailarines circunvalados al sanchismo, hasta que las evidencias contra ‘Bambi’ se confirmen. Si es que se confirman. Que de ocurrir, abandonarán el barco brincando como asustadas ratas, para embarcarse en el siguiente buque, aunque sea de grumetes. Tiempo al tiempo. Y por sus hechos los conoceréis. Que se lo indaguen al aspirante a presidir la Comunidad de Madrid, Óscar López, quien pretendió buscarle las vueltas a Pedro Sánchez y luego se agarró como una lapa a la ‘fe verdadera’; es decir, al ‘amo’.
Y llegados aquí, a todo aquel con buena voluntad, se le viene a la cabeza el nombre de Rita Barberá, la alcaldesa valenciana, a quien, en su momento, le amargaron la vida de manera inmisericorde. Para ella, nunca jamás (frase definitoria de la directora de la Guardia Civil, en su reciente comparecencia en el Senado por lo de la fontanera Leire), hubo presunción de inocencia. De eso bien se encargaron los probos socialistas de la época –incluida la mediática izquierdista– que la masacraron de forma miserable. Por hache o por be, lo cierto es que en noviembre de 2016 sufrió un infarto y se acabó la historia.
Y lo mismo le ocurrió al después absuelto Francisco Camps, expresidente de la Generalidad Valenciana, al que se le arruinó la existencia por unos trajes. Parecía, según la grey sociata (coloquial), que había atracado el Banco de España y conseguido un cuantioso botín. Tampoco hubo para él esa presunción de inocencia, que tanto claman ahora para Zapatero los satélites, acólitos y sacristanes del jefe Sánchez, al que, pese a su acorazada sonrisa profidén, se le advierte una cierta intranquilidad de ánimo. Y más en estos momentos, en los que el cerco a ‘Papes’ se va estrechando con la imputación de sus hijas –que son palabras mayores por el drama familiar que conlleva– y su secretaria, la ya famosa Gertru. Concluyendo, que es gerundio. Presunción de inocencia siempre. Y sin excepción. Sin importar color ni credo.