Esta crisis del virus ha puesto en esa tesitura elementos que creíamos, de tan necesarios, imperturbables. Los aeropuertos, por ejemplo. Aviones y, por consiguiente, aeropuertos se cuestionaban antes por razones ecológicas y económicas, pero el virus los ha colocado en trance. Viajar menos y más lentamente y sin los agobios y las falsas necesidades de antes quizás sea una de las evidencias que ha revelado esta situación.
Existen diferentes tipos de obsolescencia. La habitual es la de una herramienta superada por otra. La del fax frente al correo electrónico. ¿Recuerdan el fax? Sigue en muchas mesas como la reliquia de un tiempo pasado que no nos atrevemos a clausurar.
Sin embargo, existe otro tipo de obsolescencia, la de los símbolos. Los símbolos no pierden su condición, sino que, como la materia, la trasforman. No es tanto una obsolescencia imposible la de los símbolos como una mutación de su utilidad. No importa que haya nuevos que puedan ocupar espacios de los antiguos, todos caben. Aguantan todo, porque se aguzan, afilan, lañan o recomponen, se dotan de un significado que no pierde del todo el que tenía pero lo retuerce hasta provocar una clase de obsolescencia similar a la podredumbre. Miren las banderas, por ejemplo. Quizás de siempre se empuñaron contra otras banderas, pero tuvieron su momento de gloria en épocas pasadas. Sin embargo, hay quien aún las emplea para arrojárselas a otros, para apropiarse de su valor simbólico y arroparse con él contra lo que sea, incluso contra una enfermedad letal. Hay quienes las entienden como un capote o una coraza, parte de una armadura de combate. Se la pone uno por capa y se siente autorizado a cualquier cosa, saltarse la ley o el sacrificio colectivo y solidario. Son comportamientos obsoletos. Pero cuidado, la obsolescencia crea objetos inútiles que ocupan espacio y no han dejado de funcionar. Como el fax.
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