Y sin embargo, nos empeñamos en que lo primero es tan trascendental como un alumbramiento, cuando las más de las veces tan solo se trata de una casualidad. Eso sucede con el asunto del parlamentarismo, que ha puesto a León en la nómina de las ciudades que presumen de algo imposible de esclarecer y, por consiguiente, tremendamente fácil de manosear y exaltar hasta una saciedad acrítica y libre de bochornos. Cada vez que se menciona, toca cabrearse como si nos tocaran el virgo.
A propósito del reciente atentado en Westminster, algunos periódicos tildaban ese parlamento como el primero del mundo. Después, Puigdemont también anduvo pisando lo fregao, provocando la justa ira de leoneses con su alcalde al frente, y, supongo, la de algunos islandeses, entre otros pueblos llamados a reivindicar lo que se adjudican desde griegos antiguos a franceses modernos, etc. El parlamentarismo medieval se parece al de las revoluciones burguesas como las Autonomías a los reinos medievales. Algo menos incluso. Y aun sabiéndolo, derrochamos energía en vindicar antelación, y no primacía, en querer ser primeros y no mejores, en otorgar al peso de la historia una gravidez que no conserva a no ser que mantenga actualizado un sentido histórico, que sus valores continúen presentes. Ya lo decían Faemino y Cansado: campeón lo es cualquiera, pero subcampeón…
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.