No puedo llegar a imaginar su inmenso dolor. Su mirada se ha apagado bajo este manto de ceniza que no cesa. Un mes ardiendo. Pueblos enteros desaparecidos entre las llamas, montes, praderas, animales, riberas... Eran nuestro tesoro más valioso, nuestro pulmón de vida. El oeste de nuestros abuelos se muere en blanco y negro, mientras nuestras preguntas flotan en medio del humo que respiramos.
¿Por qué no somos capaces de sofocarlo? Otros veranos ha habido incendios, pero nunca duraban tantos días. ¿Por qué se han vuelto tan incontrolables?
Sabemos que el cambio climático está ahí y no ayuda, pero el 80 % de nuestros fuegos son provocados. Otro tema es que las condiciones meteorológicas adversas hagan que su alcance y extinción se nos escapen de las manos.
¿Por qué tantos? ¿Por qué en zonas de humedad relativa sin calor excesivo? ¿Los pirómanos han salido en masa de sus jaulas decididos a convertir la España vacía en la España quemada? Nunca he creído en las conspiraciones, pero tanto incendio huele a chamusquina.
¿Por qué nada funciona? 2024 fue el año que España recaudó más impuestos, parece que no los suficientes. ¿Dónde está el dinero? ¿En qué se ha invertido? No hay prevención ni por parte de las CCAA ni por parte del Gobierno. Todo parece quedarse en discursos, demagogia, relatos que el propio viento arrastrará consigo.
Quizás, visto lo visto, nuestro país debería crear una central de catástrofes con mando único preparada para emergencias de diverso origen. Y hay que ofrecer respuestas más rápidas y justas a los damnificados. En La Palma siguen viviendo en contenedores. En Valencia están empezando a expropiar tierras. ¿Qué harán en el oeste? ¿En qué convertirán la tierra de nuestros abuelos? ¿Minas, placas, molinos?
Ellos, que construyeron su casina con tanto esfuerzo y ahora se sientan en una silla de madera dentro de un polideportivo mientras los pocos voluntarios que quedan luchan por salvar su pueblo...