España acaba de firmar su peor resultado en la historia del informe PISA. Concretamente 477 puntos en ciencia y 457 en matemáticas frente a los 482 y 463 de la OCDE, con un retroceso en la última década que en lectura equivale a perder casi dos cursos de aprendizaje (un niño de 15 años tiene la comprensión lectora de uno de 13). La respuesta política de siempre, que se fundamenta en más presupuesto, más profesorado, más horas lectivas, lleva treinta años repitiéndose, y los datos españoles desmienten que el dinero sea tan determinante como algunos creen.
Madrid encabeza la tabla con 495 puntos en ciencia y es la comunidad más rica de España, lo que encaja con la explicación fácil. El problema es el País Vasco, segunda renta per cápita del país y quien más invierte por alumno, casi el doble que Madrid, y aun así se queda en 459 puntos, por debajo de la media. Castilla y León, con renta inferior a la media española, logra 493 puntos en ciencia, la segunda mejor cifra del país, solo por detrás de Madrid.
Los economistas especializados en educación, Hanushek y Woessmann, han mostrado, al analizar decenas de países, que las competencias cognitivas de la población explican mucho mejor el crecimiento económico a largo plazo que los años de escolarización o el simple gasto educativo. No es que el PIB de hoy explique el PISA de mañana, sino que el PISA de hoy anticipa el PIB de mañana. Aplicado a España, el problema no está tanto en cuánto gastamos como en qué exigimos dentro del aula. Estonia confirma que, con renta ligeramente inferior, aun así, está por delante de España en las tres materias.
Esto tiene una lectura social más importante que la técnica. La educación de calidad es el mecanismo más cohesionador de oportunidades que tiene una economía, porque decide si el hijo de una familia sin recursos compite por el mismo futuro que el hijo de una familia acomodada. No hace falta entrar en si el modelo debe ser público, privado o concertado, porque ese no es el tema que quiero abordar, la importancia es la exigencia en el aula. Si la escuela deja de exigir, la movilidad social se frena y la clase media deja de crecer y pasa a heredarse. La solución no hay que buscarla en otra ronda de gasto, pasa por medir con rigor lo que los alumnos aprenden de verdad y exigirlo sin miedo a suspender cuando toque. Castilla y León es la prueba de que el dinero no es la última palabra. Con renta por debajo de la media nacional, nuestros alumnos de quince años compiten en ciencia y matemáticas con los de las comunidades más ricas y solo Madrid nos supera. Ese capital humano ya existe en nuestras aulas, y en nuestra comunidad el reto ya no es escolar, es empresarial, aumentar la densidad de negocio y de gran empresa que ancle y que retenga el talento que la escuela ya forma. Llevamos treinta años debatiendo el precio de la educación y muy pocos debatiendo su valor real. De esa segunda pregunta depende buena parte del empleo, el PIB y la cohesión social que tengamos en veinte años.
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