Vivimos instalados en una paradoja: buscamos tranquilidad, pero nos alimentamos de prisas. Queremos sentir serenidad, pero metemos nuestra cabeza en un torbellino de notificaciones, expectativas y urgencias que no existen. Y así, poco a poco, vamos olvidando lo único que nos sostiene de verdad: el presente.
El presente es simple, silencioso, honesto. Es el único lugar donde se cocinan los avances reales, donde uno se aclara, donde el alma respira. Pero lo hemos cambiado por algo que se le parece solo en apariencia: la inmediatez. Y esa confusión nos está costando caro.
Porque vivir en el presente te da libertad; vivir en la inmediatez te la quita.
La inmediatez nos ha vuelto impacientes en nuestras relaciones. Exigimos respuestas al instante, validación constante, atención inmediata. Si alguien tarda diez minutos en contestar un mensaje, ya imaginamos escenarios que no existen. Pedimos a los demás que estén disponibles siempre, como si sus vidas tuvieran que adaptarse a nuestros impulsos. Y ese hábito –que parece inofensivo– es profundamente peligroso: convierte los vínculos en transacciones y la conexión en un intercambio condicionado.
Y lo mismo ocurre con las redes sociales. Nos han acostumbrado a querer sentir algo ya: un estímulo rápido, un ‘like’, un vídeo que nos entretenga dos segundos, una respuesta emocional instantánea. Pero eso no es presencia, es adicción a la dopamina. Y cuanto más la buscamos, menos capacidad tenemos para sostener la profundidad, la espera, el silencio. El resultado es una vida llena de estímulos… pero vacía de sentido.
La inmediatez no solo nos aprieta por dentro; nos desconecta del mundo real. Nos vuelve frágiles, con poca tolerancia a la frustración, con menos paciencia para construir algo que merezca la pena. Y, lo peor de todo, nos hace exigir a los otros lo que nosotros tampoco podemos dar: disponibilidad absoluta, emociones rápidas, soluciones ya. Sin darnos cuenta, ese modelo rompe vínculos, desgasta la confianza y genera una tensión que no viene de las personas, sino de nuestras expectativas irreales.
Frente a eso, el presente es otra cosa. El presente no es presión. Es libertad para ser y para dejar ser. Es espacio para escuchar sin prisa, para hablar sin miedo, para construir relaciones que no dependan del reloj ni del móvil. Es donde nace la serenidad, la paciencia y el tipo de amor –por uno mismo y por los demás– que no está condicionado por la velocidad. El presente es donde se construyen nuestros sueños.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es «¿qué quiero ahora?», sino «¿qué quiero de verdad?». Porque lo que se construye desde la inmediatez dura un instante; lo que se construye desde la presencia perdura.
Ojalá recordemos más a menudo que la vida ocurre aquí. No en la prisa, no en la exigencia, no en el impulso. Aquí: en este momento, que es el único donde podemos elegir cómo tratamos al mundo, y cómo queremos que el mundo nos trate a nosotros.