Prada: El hipnotismo del que hace

13/10/2026
 Actualizado a 13/10/2026
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Hay un nombre pegado a la piel del Bierzo hasta mimetizarse con ella. Un apellido de lucha que convence e hipnotiza. Es una especie de flautista de Hamelín berciano, que lleva detrás pueblos, árboles, casas, viñas y a todo aquel que todavía conserve un poco de fe en esta tierra. Y arrastra.

José Luis Prada tiene esa rara capacidad de hablar del Bierzo como si acabara de descubrirlo. Como si cada castaño, cada piedra y cada tejado fueran una revelación. Quizá ahí esté el secreto. No mira esta tierra con la costumbre de quien la conoce demasiado, sino con la fascinación de quien todavía puede enamorarse de ella.

A estas alturas podría haberse ganado el derecho a mirar desde la barrera. Pero sigue señalando aquello que otros dejan caer en el rincón de las cosas viejas. Peleándose con molinos que  son más reales que los de Cervantes y vienen con despacho, sello y coche oficial. Prada no sabe hacer de espectador. Y eso tiene algo de contagioso. Lo suyo nunca fue solamente vender vino, ni recuperar una casa, ni plantar un bosque. Lo suyo ha sido convertir el amor por lo propio en una herramienta,  veces incómoda, porque obliga a mirarse en el espejo y preguntarse qué estamos haciendo con aquello que hemos heredado.

Ahora los Premios Palacio de Canedo cumplen dieciocho años. Mayoría de edad para una criatura que nació cuando todavía había quien confundía patrimonio con trastos viejos. Dieciocho años premiando a quienes arreglan una casa, recuperan un hórreo, rescatan una escuela, levantan una ermita o consiguen que una fachada vuelva a parecerse a sí misma. Y ya son dieciséis ayuntamientos los que participan. No está mal para una idea que empezó con la obstinación de un hombre que decidió que las casas de los pueblos también podían tener derecho a una segunda vida.

Quizá por eso Prada resulta tan difícil de explicar. Porque no es solamente empresario, ni bodeguero, ni restaurador, ni ecologista, ni agitador. Es un poco de todo eso y bastante más: es alguien que ha convertido el «aquí» en una palabra importante.  Por eso me gusta Prada. Porque no espera a que el Bierzo tenga permiso para ser Bierzo. Y, cuando hace falta, lo grita. Hasta las lechugas deben de salir con acento berciano cuando pasan por sus manos.

Quizá El Bierzo no necesite más discursos sobre lo que podría llegar a ser. Solo a Prada. A tope. Y sí, uno acaba pensando que, si de él hubiera dependido, hasta la radioterapia habría llegado antes. Porque hay personas que esperan que las cosas sucedan. Y luego están las que, simplemente, se ponen a hacerlas.

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