30/06/2025
 Actualizado a 30/06/2025
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“Teatro, lo tuyo es puro teatro”, cantaba La Lupe, la reina del Latin Soul, artista exiliada de su querida Cuba porque no congeniaba con el régimen comunista. Triunfó en Nueva York, pero su existencia no fue para nada idílica. Cientos de años antes, William Shakespeare ya repetía una y otra vez que “la vida es teatro”. Y ahora más que nunca, todos somos conscientes de que casi nada es lo que parece.

En los tiempos que corren, la imagen y el postureo se han convertido en dogma. El deficiente uso de la tecnología, internet o las redes sociales está provocando un mundo irreal, efímero. Los niños (niñas y niñes) quieren ser ‘influencers’, famosos por la cara, participar en los ‘reality’ de TV, emular a ciertos ídolos deportivos haciendo el ganso o replicando sus cortes de pelo.

Con asiduidad, las personas sacamos al actor o la actriz que llevamos dentro. Insistimos en mostrar nuestra mejor cara, lo que nos convierte en fingidores natos, algo que no debería ser malo en sí mismo, aunque sí peligroso cuando confundimos los términos y límites de la sobreactuación. La política es un gran ejemplo. Sólo hay que observar lo que ocurre a diario en el Congreso o el Gobierno.

En las últimas fechas los medios de comunicación y las redes sociales arden con los fastos de la boda del magnate Jeff Bezos y Lauren Sánchez en Venecia, con las secuelas de la cumbre de la OTAN, la Ley de Amnistía o las caras de póker de los golfos a los que la UCO investiga. En todos los casos, encontramos evidentes signos de escena y de cuento, de coreografías y textos, de escenografía e intérpretes. Casi todo, teatro y actores con muchas tablas.

La fama es efímera en la mayoría de las situaciones. Como decía Charles Chaplin: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos, por eso vive intensamente cada momento de tu vida, antes de que el  telón baje y la obra termine sin aplausos”.

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