Es bien sabido que el pasado lo escriben los vencedores, que la historia se va con cualquiera, sobre todo si paga bien. Pero también es cierto que esos mismos vencedores o pagadores acaban por pasar y las generaciones corrigen y releen, su derecho natural. Y al cabo de cierto tiempo los relatos dicen lo mismo de otra forma, los hechos se descifran, se leen, distintamente. En el conflicto de esas reinterpretaciones anida el espíritu de cada época. Más cuando se interpela una época reciente, aún con testigos, que a su experiencia de los hechos restan una lógica falta de perspectiva.
Nos hemos percatado en estos años, por poner un caso clave, de que el relato de la Transición era incompleto, sesgado, interesado quizás. E igual cabe contarlo de otra forma. A lo mejor cabría decir que el rey no era el dechado de virtudes democráticas que nos dijeron, ahora que sabemos que tampoco seguía las recomendaciones de los moralizantes discursos que recitaba en Nochebuena, sino todo lo contrario. Lo mismo hay que empezar a pensar que además de un político sagaz, Suárez fue el trepa de manual que transitaba de la Falange al CDS en sucesivos –y desesperados al final– intentos por mantenerse arriba. Que el PCE recibió goles en propia meta y el PSOE marcaba a placer. Que nos colaron en una Constitución decente –¿transitoria?– un montón de tropezones, como la monarquía, cuando, por otra parte, no parece haya habido intención de cumplir el contenido comprometido y social de su texto, que habla de derechos (a la vivienda, por poner un caso de moda) y libertades. En esos casos estamos aún en modo transitorio.
Nos vendieron un paquetito bien envuelto en documentales con voz de la Prego o libros de Cercas, cuentos de hadas en que el dictador desaparecía del mapa y de la historia y determinados adalides ganaban para el pueblo llano tan anhelado laurel. Ahora aparece que no se hizo bien la digestión. Una digestión pesada porque los ministros y cargos del tirano siguieron encabezando formaciones políticas democráticas. Los capitales que sostuvieron al franquismo seguían como pilares del Estado "nuevo". La iglesia que sostuvo el palio seguía sujetando velas a diestra y siniestra. O la judicatura… Lo que en otros lugares se llamaba colaboracionismo –ya sabemos con qué consecuencias– aquí eran gente en transición, es decir, que transitaban si más de un lado a otro de la historia. Como si no hubiera pasado nada. "Transición", el propio nombre alerta: se trataba de un viaje sencillo, como de coche de línea antiguo. Un paseo.
A lo peor la transición española ya no es un modelo salvo para lo que no debería consentirse. Igual el cuento no era más que otra historia de supervivencia de los de siempre. Otro cuento –"chino"–. En resumen gatopardista, que todo cambió para que todo quedase como estaba. Y ahora, con el tiempo, nos empezamos a dar cuenta.