Con trece años quería ser periodista y publiqué en Aquiana mi primer artículo garabateado con furia en las teclas plateadas de la robusta Hispano-Olivetti-M40 de mi padre. Me premiaron con una flor de plata. Con catorce años, en la primavera de 1972, quería viajar y publiqué en Proa “Un andarín por El Bierzo”. Al año siguiente, soñaba con la literatura y con ser Dick, un capitán de quince años: “¿Qué quiero ser?”, premio nacional de redacción, finalizaba con un contundente “Quiero… ¡ser!”. Desde entonces, no he dejado de escribir un solo día.
Escribo desde que tengo uso de razón y desde que tengo uso de razón escribo las veinticuatro horas, también en sueños. Desconozco de dónde mana esa energía que mueve mi vida. Si presencio un debate, una película, un accidente, mi disco-duro redacta la noticia, con su titular y sus ladillos; miles de crónicas se alojan sin permiso en algún sector de mi dark web.
Periodista, viajero, escritor… pero ¿por qué viajar, por qué escribir?
En 1978, Manu Leguineche daba la vuelta la mundo por el camino más corto, y yo soñaba mapas leyendo la Descripción del explorador de Savater: “El explorador va a ver, a ver ¿qué?: pues a ver lo que haya que ver. Va a ver lo que se ve. El explorador sabe que la primera mirada es la que vale, la que deja huella en lo visto (…) y vuelve para preparar su nuevo viaje. Sentado junto al fuego, el mapa le convoca de nuevo a la aventura”.
El mapa me convocó a Perú, en 1979, con la expedición al Alpamayo. Como estudiante de antropología, jugaba a ser Lévi-Strauss o Malinowski y, como ellos, conviví con tribus boras apenas contactadas, en Brillonuevo, a orillas del Amazonas. Allí tracé mi hoja de ruta y mi epitafio: “Viajar para ver, ver para comprender, comprender para compartir”.
En 1982, me convocó el Camino Francés y durante treinta jornadas irrepetibles caminé a sal y sed desde Roncesvalles hasta Compostela, cuando peregrinar era algo noble y trabajoso, y no esta riada de turistas caracoles, que trotan jadeantes, con mochilas descomunales, sin contemplar el paisaje, con urgencia de llegar al siguiente albergue para pillar una litera sudada. Esta marabunta del turismo, esta desgracia.
El objetivo del viaje es el camino mismo, hollar los senderos marcados por los siglos, saborear las fuentes en las que beben los romeros y refrescar los pies y la cara en todos los manantiales, como hicieron Otero Pedrayo, Risco y Ben-Cho-Sey, peregrinando a pie desde Ourense a San Andrés de Teixido, en julio de 1927, cuando el pasaje de Galicia a La Habana costaba 541 pesetas en la Compañía del Pacífico y Federico García Lorca describía el cielo “como una vitrina de espuelas”. Seducido por la osadía de aquellos tres locos maravillosos, peregriné tras sus huellas, escuchando el eco de su voz, desde Ourense a Teixido para catar el agua de las mismas fuentes: fue mi Viaje al fin de los mundos.
Aprendí entonces estas palabras de Risco, tatuadas en mi ADN: “No hagas a tu tierra la ofensa de ser turista. La tierra de uno se debe andar a pie; poner el alma donde ponemos los pies y no salir de camino dejando el alma en casa. Tú dices: Galicia es bien pequeña. Yo te digo: Galicia es un mundo, es el mundo entero. Podrás andarla una y otra vez, y otra aún; no conseguirás andarla toda. Y cada vez, encontrarás cosas nuevas”.
Contemporáneo de Risco, Kavafis iza en Alejandría la bandera de la libertad: “Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca. Rico en saber y en vida, como has vuelto, comprendes ya qué significan las Ítacas. Pide que tu camino sea largo, rico en experiencias y en conocimiento, y no apresures el viaje”.
Pide que tu camino sea largo: recorrí entonces mi tierra, El Bierzo, a pie, a caballo, en bicicleta, en globo; descendí el Sil en la jangada de Verne, amañada con tablas cruzadas y gomas de neumático; cabalgué por Galicia con Os Viaxeiros da Luz, tras las huellas ilustradas de Sarmiento, Jovellanos y el vendedor de Biblias, Jorgito Borrow, cuyas andanzas seguí por la Costa da Morte.
Pide que tu camino sea largo y no apresures el viaje: vinieron luego las travesías con los marineros gallegos en el Gran Sol y dos expediciones científicas a la Antártida, meses de acero navegando entre icebergs. Acechando el rayo verde cada atardecer, descubrí que el verdadero modo de viajar es perderse: dejar en casa el miedo y llevar puesta el alma, como pide Risco, sin mapas ni rutas: semanas vagando por las calles de Tokyo, vagando por mi vida, descarriado hasta encontrarme.
Magallanes descubre su estrecho navegando a la deriva, desesperado y errático, como narra Pigafetta, cuya crónica leo en Puerto Hambre. Desorientada en el Pacífico, la almiranta Ysabel Barreto descubre las islas de la imprudencia; y Amundsen, Shackleton, Nansen o Mawson enloquecen, hasta encontrarse a sí mismos, en el espanto de los hielos y las tinieblas.
Extraviado en los laberintos de mi vida, en 2014 descubrí al benedictino gallego Rosendo Salvado, el explorador que escribe un millón de palabras, el músico, homeópata, defensor de los derechos humanos, que se sumerge en el bush australiano, hasta saciar su vocación misionera en el encuentro con el Otro. Quise seguir su memoria, pero tardé diez años en desplegar el mapa —cada luna, más piedras en la mochila—, pero al fin viajé a Perth, para ver, oler, escuchar, tocar, saborear y sentir la misión de New Norcia, fundada por Salvado en 1846. Embarqué con él en la fragata Elizabeth, estudié sus manuscritos y escribí con amor y respeto El mundo desde abajo, el libro que el abad de Monserrat regaló al Papa León XIV y que tal vez esté leyendo Prevost, de misionero a misionero.
Los ojos de Rosendo saben y saborean el camino, su oído huele las notas musicales y el rumor del viento en las copas de los eucaliptos, su olfato toca y sana los cuerpos y las almas de sus hermanos indígenas, su paladar ve agua y maná en el desierto, su tacto escucha la sinfonía de la naturaleza, para la que ha sido predestinado. Movido siempre por su fe cristiana, se pierde en el bush hasta encontrarse en el corazón de los noongar.
Como Rosendo, viajo para perderme y me pierdo y escribo para encontrarme, para aprender y compartir. La vida es un viaje: con Dante al Infierno, con Carnicer allá donde Las Hurdes se llaman Cabrera; con Truman Capote por Kansas a sangre fría; es la mirada profunda de Humboldt, rica en perspectivas, que ata cabos y conecta mundos: “Todo está relacionado”; o la travesía infinita de Salvado surcando los océanos.
Pide que el camino sea largo, con muchos rodeos y pocos atajos, con escalas, sin prisas, con abrojos, sin seguro a todo riesgo; haz que tu mochila sea ligera, sinceras tus notas, y dale la vuelta al mapa —al mapa de tu vida— para ver, comprender y compartir el mundo desde abajo.
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