03MAX201310242741

Por La Velilla y Herreros de Rueda

22/10/2025
 Actualizado a 22/10/2025
Guardar

Me gusta ir, cuando puedo, por la fiesta de San Froilán al santuario mariano de La Velilla, en el término de La Mata de Monteagudo. Por la tarde. Es lugar apartado, fuera de focos turísticos, en geografía hermosa. Y, por ello, muy puro. Acuden las gentes campesinas de los pueblos comarcanos, del ‘territorio de gracia’ del santuario (aquel ámbito geográfico en el que irradia una devoción concreta). Y van por tradición y por devoción.

Se reza el rosario, con las letanías cantadas y la imagen de la Virgen en procesión, realizando un rito de circunvalación en torno a la edificación sagrada. Y se llega, en la explanada, a un punto en que hay un pequeño altar de piedra, donde se coloca la imagen mariana. Y se terminan los rezos, para volver a entrar en el templo.

Y comienzan entonces los ritos profanos, particularmente el juego de bolos, en la misma explanada del santuario, donde los paisanos se pasan buenos ratos lanzando las bolas semicirculares, de un juego ancestral

Y hay algo en tal rito que, la penúltima vez que estuve allí por San Froilán, explicitó un sacerdote: es un rito de despedida, para abordar el largo tránsito del invierno. Es un adiós hasta la primavera próxima.

Este año, también fui. Y experimenté las mismas emociones. Pegué la hebra con un paisano mayor, anciano, de uno de los pueblos de aquella contorna, y, en el diálogo, me fue mostrando las tradiciones y las ‘vividuras’ de las gentes de aquellas tierras en torno de aquel centro de sacralidad.

Fue una conversación muy expresiva. Cómo me hubiera gustado grabarla. Un hombre hecho y derecho, con la vida cumplida, me estaba desnudando el alma de las gentes de esas tierras, tan apartadas, tan hermosas.

Volveré a seguir yendo, cada San Froilán que pueda, por la tarde, al santuario de La Velilla. Allí me encontraré, como cada año que voy, el temblor de la vida verdadera.

Pero antes pasé, con mi mujer, que me acompañaba, por Herreros de Rueda, el pueblo natal de mi amigo Herminio, un buen informante mío en ese pueblo de todo tipo de tradiciones, al que mataran en un día malhadado de un Corpus, mientras iba en procesión.

Y me llevé la sorpresa de que ese mismo domingo de octubre celebraban en Herreros de Rueda la fiesta de la Virgen del Rosario. Fotografié la procesión. Muy popular, muy humilde, pero muy entrañable. Y me encontré con Carlos Taranilla, oriundo del pueblo, con quien también estuve charlando.

Qué día tan completo. Qué vivencias tan hermosas, en ese descenso a la provincia, a los territorios olvidados, por mucho que, desde la ciudad, se alardee tanto de la atención a los pueblos.

La procesión del mediodía en Herreros de Rueda fue una sorpresa. La tarde en el santuario de La Velilla fue, sin embargo, una búsqueda. Una de las presencias que detecté la primera vez que fui allí por San Froilán fue la de un hombre enjuto y alto, al que después conocería y al que grabaría: Gerardo, pastor de Arcayos, que se hallaba allí, hierático, ante la bolera, en espera del inicio del juego.

Las huellas, aún, de la vida antigua. Qué importantes. Mas qué desatendidas, ay…

Lo más leído