Llamé a mi tía Maricarmen para felicitarla por su cumpleaños. Me contó que seguía luchando contra sus achaques y dolores óseos. Su día coincidía con otro aniversario: el de la batalla de Villalar. Sus guerras de la edad eran propias, pero esa guerra comunera la sentía ajena. Con una indignación contenida, se desahogó espetando qué no sé qué teníamos que ver los leoneses con los comuneros. Esta Pascua paseé por la feria del libro de Valladolid y me topé con un antiguo ejemplar sobre la historia de los comuneros; observé el manuscrito como los agnósticos contemplan las Sagradas Escrituras, como si esos sublevados fueran unos Reyes Magos venidos de Oriente en los que hubiese que tener fe. Si en los comuneros había un Baltasar, sí que creo en ellos: siempre me ha traído lo que he pedido.
No nos lo han puesto fácil para sentir como propio todo lo que rezume cierto aroma al agua del Pisuerga. Para el olfato leonés, las sustancias inodoras vallisoletanas desprenden un olor nauseabundo. Cuando fui a Valladolid hace unas semanas, mi padre estaba indignado; me preguntaba qué se me había perdido allí. Me timaron en una farmacia y me decía que eso en León no me habría pasado. Me recordó a cuando los catalanes pagaban los platos rotos de sus elefantes en las cacharrerías y decían que, en una Cataluña independiente, dejarían de usar Duralex. Paranoia nacionalista nacida del amor desmedido a unas raíces que Miguel de Unamuno calificaba de aldeanismo.
Esas puertas al campo en la aldea espiritual es lo que han provocado ciertos alardes de pureza de sangre leonesa. Siempre digo lo mismo: cuando paseo por Valladolid, me embadurno del mismo calor hogareño que me atrapa al caminar por León. El problema es que, de la misma forma que en algunas ocasiones se ha marginado a Cataluña en la historia de España, en el relato de los comuneros se ha ignorado la cierta influencia que tuvieron algunos nobles leoneses como los Guzmanes. En España, la historia nos la han contado mal. Desde Barcelona creen que la han escrito desde Madrid y en León pensamos que el que la escribió era uno de Valladolid que se olvidó de nuestro Reino.