Somoslas huestes de los desertores del pueblo que abandonaron la tierrina en busca de la prosperidad urbana y que retornan por los Santos para rendir tributo a sus difuntos ateridos de frío y ceniza en el panteón familiar, en la lúgubre fosa coronada con una cruz oxidada lacia y sombría.
Envíspera de los Santos acudimos a remozar las tumbas, repeinar los mármoles, desbrozar los rincones en los que anidan los que sucedieron.
Se llenan los cementerios de flores acuosas de plásticos y anhelos.
Huertos de restos que loshortelanos de la familiaacuden para cosechar en recuerdos.Sollozos que se escapanentre lastumbas desvencijadas rodeadas de areniscas y hierbajos.
Son los camposantos.Los únicosquecrecen y se expanden poblando de nichos y ataúdesla despoblada soledad de nuestros pueblos. Nos llaman por entre las raíces las voces de losmuertos que reclaman afectos de vivos lejanos. Estos días se cuelan los aires capitalinos por entre las tumbas. Las brigadas de limpiezas pululan por cementeriosdando lustro a calderadas de aguapara que las lápidas exultantes exhiban un brillo vivo que deje a un lado lo mortuorio.
La muerte congrega la vida a su alrededor. Los nietos de los finados repueblan, por unos días, las calles con sus gritos y algarabías. Y en la tasca de Dora, vuelve a escucharse el choque de los vidrios que no se oía desde que marcharon, allá por agosto. Algunos aprovechan y se quedan a pasar la noche para disfrutar del magosto. Retornan los paseos vespertinosy las sombras más tempranerasproyectadas sobre la carretera que se pasean espectrales en danzas caprichosas alentadas por la trémula luz otoñal de las desvaídas farolas.
Danzas como las de los recuerdos queante las tumbas comienzan a convocarse. Los vivos recuerdan a los muertos, acarician cada uno de esos instantes resucitados envueltos en pasado. Quizá tenía razón FraçoisMauriac cuando decía aquello de que «la muerte no os roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. Quizá sea la vida más ladrona. Ella sí que nos lo roba muchas veces y más definitivamente».
Y si no que se lo pregunten a esos pueblos desangelados, antes vívidos de vida y rugidos y ahora yermos y lánguidos. Sin mina, sin campo, sin niños.
Una vez más, cíclico como los lánguidos vuelos de las hojas otoñales, se repite aquello queBécquer clamaba en su célebre rima: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»
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