Por dentro

02/01/2018
 Actualizado a 10/09/2019
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Le pregunté ¿cuántas veces lloraba al día? después de un trago anudado más de whatsapps descarnados y de un envío de aluviones de cabezas amarillas con regueros de lágrimas dibujadas. ¿Por dentro o por fuera?, contestó ella lánguida, pero con la determinación que pide el canal de comunicación elegido a la media hora de haberlo contado todo. De las dos maneras, me apresuré a escribir, intentando que su lectura fuera inmediata y la doble señal azul sobre el mensaje telefónico me dijera que ella ya estaba dilucidando una respuesta. Todo el día, señalócon la prontitud que yo requería. ¿Cuántas veces sonríes al día?, demandé, queriendo cambiar el terreno de juego del negro asesino a un blanco apacible de inocencia prensada, establecida en un simple verbo. ¿Por dentro o por fuera?, me siguió el juego para no romper con un ritual que nos unía desde un hilo invisible a la distancia de dos países. De las dos maneras, insistí ahora. Nunca, zanjó el diálogo, con un final en emoticono de pesadumbre. No había mucho más que decir. Cualquier estímulo estaba sentenciado de inicio a ir a parar a una lágrima en su cabeza. Se había dejado anular por un vertido constante de insinuaciones sobre su actitud, siempre equivocada, incorrecta, siempre por el camino errado. Alegatos desde el amor, creía, dibujado a trazo grueso, sin fondo rojo ni olor a rosas. Y se veía tan desgastada que el llanto constante era justificado. Esa sonrisa, solo por fuera, le dejaba a la espera de otra rendición sin batalla y en el espejo pronunciaba para sí misma un mensaje desgarrador -sumaré una más-. Se veía ya en el lazo negro de los balcones de Consistorios enlutados, llorándola, sin conocer más que su nombre y sin saber que esa sonrisa que subraya a pintalabios cada mañana, nunca es por dentro.

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