Lo cierto es que no le faltaba razón. Cuando un problema se vuelve realmente alarmante siempre reduce las alternativas a dos: sí o no, paras o tiras, cara o cruz... Lo crítico de la situación epidemiológica nos planta ante una nueva disyuntiva sobre cómo alcanzar la obligada solución al Covid-19. Una opción es la siempre deseable ‘por razones’, que alude a los consabidos mantras de higiene de manos, distanciamiento social y uso de mascarillas. Por contra, acabar con la pandemia ‘por cojones’ supone el fracaso de la lógica, algo habitual al tratar con humanos y de manera especial con españoles. En esta segunda vía estarían los escarmientos a base de multas, la vuelta al cierre de algunas actividades por la falta de civismo y todo aquello que se hace más por el miedo a otro confinamiento que por solidaridad con el prójimo.
Nada nuevo. Mientras el mundo continuaba batiendo récords de contagios, aquí nos fuimos relajando a medida que el problema volvía a ser de otros. Un infantilismo al que el coronavirus también ha respondido con un incontestable ‘rebrota, rebrota y en tu cara explota’.
30.000 muertos y tres meses en casa nos deberían haber enseñado que esto no es un cuento de viejas. O comenzamos a aplicar la determinación del ‘por cojones’ y la sensatez del ‘por razones’ o la situación sanitaria y económica tardará en resolverse más de lo que nuestro egoísmo pueda alcanzar a imaginar. Vamos que, siendo todo lo gráfico que puedo con la modorra que me está invadiendo mientras escribo estas líneas, el Covid-19 nos la meterá más profunda que el bastoncillo de una PCR. Y nos dolerá. Nos dolerá mucho.
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