Imagen Marina Díez

¿Por qué lo que aburre es femenino y lo que impresiona es masculino?

07/11/2026
 Actualizado a 07/11/2026
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Hay días que todo es un coñazo. La reunión. El atasco. La cola del banco. El trámite online que pide veinte veces la misma contraseña.

Y hay otros en los que algo es la polla.

Un libro que te sacude. Una conversación que te ilumina. Una idea que aparece como un relámpago y te cambia la tarde.

Lo decimos sin pensar. Con naturalidad. Con entusiasmo incluso.

Y, sin embargo, un día te levantas con café y mala intención filosófica y te preguntas:

¿Por qué lo que aburre es femenino y lo que impresiona es masculino?

Silencio incómodo.

Porque es curioso. Cuando algo es pesado, molesto, insistente, cansino… es un coñazo.

Pero cuando algo es extraordinario, impactante, digno de aplauso… es la polla.

La anatomía, al parecer, tiene departamento de marketing.

No se trata de ponerse exquisitos ni de organizar una hoguera lingüística en la plaza mayor. Nadie va a dejar de decir «qué coñazo» mañana por la mañana. Ni falta que hace. El idioma es libre, maleable, travieso.

Pero conviene observarlo. Porque el lenguaje no es inocente. Es un álbum familiar. Y en ese álbum hay fotos antiguas que seguimos enseñando aunque ya no nos representen.

Decimos «tener huevos» para hablar de valentía.

Decimos «ser cojonudo» para señalar excelencia.

Decimos «es un coñazo» para todo lo que nos agota.

Y nadie se pregunta cuándo decidimos que lo masculino simbolizaba la potencia y lo femenino el fastidio.

No fue ayer. Viene de lejos. De cuando la fuerza era virtud pública y el cuerpo femenino, territorio sospechoso. De cuando lo masculino era acción y lo femenino era carga. De cuando el mundo se explicaba desde un único punto de vista y el diccionario tomó nota.

Lo fascinante es que hoy repetimos esas fórmulas con total tranquilidad. Las usamos incluso quienes creemos vivir en otro tiempo. Porque el lenguaje es así: se nos mete en la boca antes de pasar por la conciencia.

No estoy proponiendo que sustituyamos «la polla» por «la vulva» en nuestras celebraciones cotidianas –aunque la imagen tiene su gracia–. Tampoco que midamos cada palabra con regla moral.

Solo digo que es interesante. Que revela algo. Que quizá el machismo no siempre grita ni insulta. A veces simplemente se escurre por expresiones que damos por hechas.

Y mientras tanto, seguimos diciendo que el papeleo es un coñazo y que el concierto fue la polla.

Tal vez el día que algo maravilloso sea «la vulva» y algo insoportable sea «el pene», podremos decir que el idioma ha cambiado de verdad.

O quizá el verdadero avance no sea invertir las metáforas, sino dejar de necesitar que el cuerpo sea sinónimo de poder.

Hasta entonces, seguiremos hablando.

Y el idioma, mientras tanto, seguirá delatándonos.

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