A veces basta una curva mal tomada para acabar en un lugar que no estaba en ningún mapa. Nevenka Fernández giró hace veinticinco años y apareció al otro lado de una vida que no había elegido. Era joven, recién licenciada, ambiciosa, convencida de que el trabajo y el esfuerzo bastaban para abrirse camino. Una concejala veinteañera que pensaba que el poder servía para mejorar. No sabía todavía que hay carreteras donde el peligro no está señalizado y que existen golpes capaces de cambiar el rumbo de una existencia entera. Aquel giro la convirtió en símbolo mucho antes de que ella pudiera decidirlo.
El exilio fue el precio de su valentía. A veces se olvida que Nevenka ganó en los tribunales. Después de escuchar insolencias sobre las cajeras de supermercado que deben dejarse tocar el culo, no como ella, consiguió una sentencia por acoso que abrió una puerta para muchas otras mujeres. Lo que no consiguió fue quedarse. Y quizá ahí resida una de las paradojas más duras de esta historia: haber tenido la razón y, aun así, no poder volver a casa. Tuvo que marcharse con una maleta mucho más pesada que cualquier equipaje. Dentro estaban las sospechas, los rumores y los juicios paralelos de una ciudad que durante demasiado tiempo prefirió discutir sobre ella antes que sobre lo que había denunciado. Se cuestionó su carácter, su vida, su despecho, sus gestos, como si el problema fuera ella y no un alcalde que pretendía arrancarle la dignidad para hacerla suya. Era más fácil convertir el caso en opinión que mirarlo de frente. La sentencia llegó. La razón también. Pero la vida ya había tomado otra dirección. Por eso había algo profundamente simbólico en su regreso a Ponferrada para hablar, 25 años después, de su camino. Nevenka llegó escondida tras unas gafas de sol, no sé si para protegerse de la luz o de la memoria, o simplemente de esa mezcla incómoda de ambas cosas que aparece cuando uno vuelve a un lugar donde fue vulnerable. Porque hay espacios que no cambian, aunque pase el tiempo, y conservan intacta su capacidad para devolvernos a quienes fuimos en el momento en que nos rompimos. Después se las quitó. Y llegaron los aplausos. Muchos aplausos, tantos que por momentos parecían intentar llenar un silencio demasiado largo. No hubo perdón institucional nunca, pero a Nevenka no le hacía falta más que aquel aplauso que le devolvía una ciudad que la había cuestionado. Nevenka no volvió siendo la misma. Se ha reconstruido desde fuera. Y, sin embargo, no trajo rencor, solo luz, esperanza, y paz con su propia historia. Y esa generosidad supone un regreso sin ajustar cuentas. Hay giros que no nos devuelven nunca al mismo sitio. Pero algunos permiten descubrir, con el paso del tiempo, que quien salió de aquella curva sin ayuda, es capaz de dar una lección. Nos queda tanto que caminar, pero es más fácil de tu mano Nevenka.
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