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De política

12/07/2025
 Actualizado a 12/07/2025
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No es un tema del que habitualmente escriba, y así se lo aseguré a un grupo de amigos y amigas con los que conversaba esta semana en una terraza cuando me preguntaron sobre qué solían tratar mis columnas de opinión.

Soy consciente de que más de uno habrá desistido de ‘leerme’ esta semana al comprobar el título que encabeza la reflexión de hoy. Hastiado por el tema que reina en los medios de comunicación de un modo cansino «¡no, por favor, más noo!», o quizá algún lector curioso haya proseguido la lectura intrigado –permítaseme la bromina– «a ver de qué pie cojea esta». 

Pero nada más lejos de realizar pronunciamiento alguno o ensañarme con cualquiera de los servidores del Estado. Doctores tendrán las santas y coloridas tertulias que les sabrán responder. 

Mi intención es meramente didáctica y reflexiva sin opinar más que a lo que el sentido común me incline. En primer lugar, ahondar en la etimología de la palabra «política», a sabiendas de que la lingüística es bastante aséptica, aunque, ciertamente todo sea manipulable. Pero en este caso aparece bastante claro el origen del término «politiká», que significa asuntos de la ciudad o del Estado, el hombre es, decía Aristóteles, «un animal político», y la consideraba como una de las más nobles aspiraciones del ser humano. 

Sorprendentemente, el filósofo recelaba de la democracia en cuanto a mejor forma de gobierno, ya que veía a esta como poder desordenado de la masa, más bien se decantaba por una mezcla de politeia o república, es decir, el gobierno de la mayoría con leyes justas, y aristocracia, o sea , el gobierno de los más preparados. Así pues, el estagirita se decantaba por un cóctel político integrado por tres partes: leyes justas, mayoría y preparación. Todo ello agitado y aderezado con dos términos claves: bien común y servicio. Los gobernantes debían orientarse al bien de los ciudadanos, de lo contrario caerían en la corrupción.

Además, Aristóteles pensaba que la clase media, era la óptima para gobernar, y debía ser la mas numerosa para evitar los abusos de los más ricos y los excesos revolucionarios de los más pobres. 

Proseguíamos el ‘terraceo’, tratando sobre aspectos que estimábamos como más necesarios para sentirnos felices. Curiosamente triunfó la opinión de mantener la calma y tomarse las cosas con serenidad y filosofía, como hacía nuestro Aristóteles, que además consideraba a la política como un arte, íntimamente unido a la ética, es decir, a la felicidad. 

«Serán felices los virtuosos», es decir, los que escojan el justo medio entre dos extremos.

Pues justo a medias les dejo, pero es que esto de la gestión pública, en verano cansa más, y hoy hace un precioso día para empañarlo con asuntos de política.

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