Del lema popularizado históricamente, referido a nuestros Reyes Católicos, «tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», hemos pasado, cinco siglos después, al «tanto miente, miente tanto, María como Pedro». Lo sé, no rima igual de bien la versión actual, pero es que el mensaje de uno y otro es antagónico. También soy consciente de que los vasallos utilizarán la excusa barata y pueril de que sus amados líderes no mienten, sino que cambian de opinión. Sin olvidarnos tampoco del comodín añadido de que hacer política es cabalgar en contradicciones.
No soy yo nadie para juzgar a quienes les convenzan estos dos argumentos para así poder dormir tranquilos y evitar que su conciencia les impida pegar ojo, pero un servidor no les va a comprar ese argumento ni a María ni a Pedro. Y lo hago porque creo que la coherencia debe regir la conducta de cada uno en la vida que le toca vivir. Claro, utilizar conceptos como principios o valores cuando entramos en el barro de la política puede entenderse como una broma, pero allá quienes decidan que estos son elementos de lujo e innecesarios para ejercer éticamente la política. Voy a dejar de enrollarme e ir al grano, porque mis dedos han osado teclear la palabra ética, rara avis en la política actual.
Pues eso, que tanto ha mentido María Guardiola como Pedro Sánchez cuando se les llenaba la boca y, en un supuesto ataque de dignidad, decían con qué partido no pactarían para gobernar. La primera renegó de Vox y el segundo de Bildu, para posteriormente caer rendidos en sus brazos. No voy a valorar si es reprobable o no pactar con Vox y Bildu, eso lo dejo para los entendidos de las tertulias. Pero donde sí me voy a permitir compartir mi opinión es sobre la jugada barata de trileros en la que tapan con el cubilete una mentira y, tras varios rápidos movimientos, la convierten en un cambio de opinión.
Evidentemente, se puede cambiar sobre lo que uno piensa, faltaría más, pero hay ciertas líneas rojas, marcadas por los principios de cada persona, que alguien que se precie de tener cierta moral no puede mover a su antojo, acogiéndose a que el fin justifica los medios cuando el fin es llegar al poder. Pero igual de mal y repugnante es quien se traiciona a sí mismo y miente al resto, que aquellos oportunistas que justifican que su amo ideológico, llámese María o Pedro, mienta, pero critican que lo haga el de enfrente. Ser coherente no es sencillo, pero vale la pena, porque la incoherencia al único camino que nos conduce es al de la degradación personal y de la sociedad en la que vivimos.