Sucedió el pasado 9 de diciembre. Bajo el nombre ficticio de Ariadna se registró una denuncia contra el expresidente del Gobierno Adolfo Suárez por «agresiones sexuales continuadas», que, según la denunciante, comenzaron entre los años 1983 y 1985, teniendo ella entonces 17 años (cumplidos hoy ya los 60) y el que fue líder de UCD, ya fallecido, los 50). Pese al tiempo transcurrido, manifiesta la agredida haber sufrido durante toda su vida la consecuencia de estos hechos. Reconoce que entonces sentía gran admiración hacia el político aludido. Según su confesión, el abuso consistió en besarle los labios e introducir una mano dentro de la camiseta mientras con la otra se desbrochaba los botones de la bragueta eyaculando sobre su cabello. Todo ello aconteció aprovechando estar ambos a solas en el domicilio particular del reconocido como «arquitecto de la Transición», sito en la colonia madrileña de La Florida. Ariadna define esta experiencia como una «tortura que duró tres años y que le ha marcado toda su vida». Tras cuatro décadas de silencio al respecto, y aunque por ello todo delito ya esté prescrito, se considera estar obligada a romper su mutismo y reclamar medidas de «reparación social» antes de irse al otro mundo. Esperando que su denuncia sirva, al menos, de «revictimización» para renovar conciencias y, consecuentemente, desaparezca el nombre de Adolfo Suárez retirado de calles e instalaciones públicas, como es el caso del aeropuerto de Madrid.
Un hecho también de cariz sexual es el llamado «escándalo Levinsky», protagonizado por el que fue presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, entre 1995 y 1997. Él tenía entonces 49 años de edad y Mónica Levinsky, pasante de la Casa Blanca, 22, quien reconoció haber sostenido 9 relaciones sexuales con Clinton incluido el coito. El caso lo desató Linda Tripp, una empleada pública que grabó a escondidas una conversación con Monica, entregada luego al fiscal Kenneth Starr, en la que la pasante declara los pormenores de su relación sexual con Clinton. Tras muchas negativas y abrumado por las pruebas, el afectado no tuvo más remedio que admitir los hechos, causando gran impacto mediático y político.
Otro lance de cariz sexual, en esta ocasión más próximo a nosotros, es el «caso Nevenka», nombre de una concejala de Hacienda del Ayuntamiento de Ponferrada que denunció al alcalde de la capital berciana Ismael Álvarez a principios del año 2000 por «acoso sexual», siendo condenado por este motivo a nueve meses de prisión y unos 2.000 euros de multa. El caso significó un hito en España al ser la primera condena a un político por este motivo, pero no sin generar contra la denunciante gran linchamiento mediático y social, siendo cuestionada y sometida a un fuerte menosprecio público en el que no se libró de ser tildada de «agresora» o «mentirosa». Ante clima tan adverso, Nevenka se vio obligada a exiliarse al Reino Unido e Irlanda, si bien su historia cobró nueva relevancia con documentales y películas que la visibilizan como protagonista de la lucha contra el acoso y la violencia de género.
El dicho tradicional «la jodienda no tiene enmienda» es de sonoridad castiza que remite a la incapacidad del ser humano de apartar de su pensamiento el deseo carnal. Dejando de lado violaciones y actos abusivos o criminales de cariz sexual, ¿quién no ha tenido aventura sexual en la práctica o en su conciencia fuera de lo que se considera un acto criminal? Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra, como se pone en boca de Jesús de Nazaret (Evangelio de Juan 8.7).