Javier Fernandez

El poder del amor

28/10/2026
 Actualizado a 28/10/2026
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«¿Qué ha pasado bueno en El Bierzo durante este año?». Parecía una pregunta sencilla, pero bastaron unos segundos para darme cuenta de que responderla era mucho más complicado de lo que imaginaba. Tuve que enfrentarme a ella hace unos días, cuando grabé el balance del año que se emitió durante la gala de la Negrilla. La pregunta era tan puñetera que tuve que lanzarla en voz alta en la redacción, ante la escasez de respuestas que encontré por mí mismo. El ejercicio colectivo de memoria tampoco dio para mucho. «Joder, es que poco nos quejamos para lo que hay», fue la conclusión inmediata. En aquella lluvia de ideas, exprimiendo la materia gris hasta donde daba de sí, acabaron apareciendo la creación del museo de arte sacro de La Encina y la apertura de MediaMarkt como dos de las buenas noticias del año en una tierra que continúa agonizando mientras reclama una alternativa industrial con su último aliento. Así nos va.

El diagnóstico del moribundo está más que contrastado: segundas, terceras y hasta mil valoraciones lo han confirmado. Ahora solo falta que alguien le insufle aire para que vuelva a respirar por sí mismo. Vamos, lo de los últimos cuarenta años. Lo evidente es que quienes están legitimados para ofrecer soluciones no se hacen preguntas incómodas sobre esta tierra ni buscan respuestas que obliguen a pensar; simplemente se limitan a acordarse de ella cuando huele a votos.

Dos candidatos a la presidencia del Gobierno arrancaron su precampaña en Ponferrada sin mencionar siquiera alguno de los proyectos llamados a reforzar las constantes vitales del moribundo. La única concesión a la realidad berciana en sus discursos genéricos fue repetir el diagnóstico por enésima vez, sin ofrecerle siquiera un pronóstico favorable. Los tratamientos prometidos siguen dormitando, si es que alguna vez existieron. Tantos rayos de esperanza condenados a permanecer ocultos porque no importan a nadie, hasta que llegan las elecciones, los votos empiezan a cotizar, afloran los miedos y, solo entonces y solo a veces, se abre la Puerta para que entre el Sol. Hubo un tiempo en que los votantes aún esperaban que les explicaran cómo iban a mejorar su vida y la de sus paisanos; ahora basta con invocar el poder del amor o sacar a relucir la motosierra.

Y es probable que el problema no solo sea que nadie tenga respuestas, sino que hemos terminado acostumbrándonos a no exigirlas, a dar por hecho que las cosas son como son y que poco se puede hacer para cambiarlas. Quizá por eso cada vez cuesta más encontrar motivos para celebrar y sobran razones para resignarse. Y quizá lo preocupante no sea no saber a bote pronto qué ha pasado bueno este año, sino que, después de dedicarle unos minutos a pensarlo, apenas nos salgan un par de compromisos que por ahora no pasan de buenas intenciones. Y quizá por eso convenga recordar que el primer poder del amor que deberíamos demostrar es el que sentimos por nuestra tierra.

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