Los niños suelen ser los mejores maestros en todo y esto del periodismo no iba a ser una excepción. Hace algunos días, jirafa de sorpresa de huevo Kinder en mano, uno me hizo una pregunta que debería ser obligatoria en cualquier entrevista: «¿Cuál es tu animal favorito?». Una cuestión de lo más inocente, pero que con una respuesta sincera puede dejar interesantes conclusiones. Nadie dudará de que dice mucho de una persona si es de perros o de gatos, si le causan más pánico las arañas o las serpientes o, en este caso, si su predilección es por un toro, una mariposa, una tortuga, un león o un delfín. En mi caso, la rápida contestación que di a ese chiguito con los hocicos manchados de chocolate me hizo comprender al instante hasta qué punto esperaba que alguna vez alguien me lo preguntase: «El burro».
Trabajadores, sinceros, desinteresados, sufridos, humildes. Lo mismo valen de ejemplo los burros anónimos que siguen teniendo amigos como Gatu o Colo que esos otros que se convirtieron en inmortales entre las páginas de un libro, como Platero, el viejo Benjamín de ‘Rebelión en la granja’ o el integrante inicial de los músicos de Bremen. Si uno se para a pensar, los asnos atesoran muchas de las virtudes que más se valoran, o se echan de menos, en los seres humanos: la paciencia, la honradez, la resistencia, la discreción y esa dignidad de quien no necesita demostrar constantemente lo que vale. Por tanto, evidenciándose cada día que rebuznamos bastante más que ellos, resulta injusto que estos animales siempre se asocien con la ignorancia, la tozudez o la torpeza, hasta el punto de llegar a convertirlos en un insulto.
En paralelo, los burros suponen la metáfora más precisa de lo que han sido y de lo que son nuestros pueblos. Su carácter auténtico y ligado de manera estrecha a los valores y formas de vida rurales ha sido desplazado por el progreso y por la tecnología, arrinconado en su establo por una modernidad hueca que confunde demasiadas veces la velocidad con el sentido y la rentabilidad con el valor. Hemos sido desagradecidos con unos y otros hasta llegar a que ni el asno ni el León rural terminen por encontrar su sitio en un siglo XXI que parece condenado a desencantarse en su forraje de facilidades.
Para remediarlo, un paseo en burro… un viaje para el que sí se necesiten alforjas. Una sosegada vuelta, aunque sea de vez en cuando, por los senderos de lo genuino en los que Platero y nosotros podamos reconocernos de nuevo… ¡Que vivan los pollinos que están por nacer y las burras que los paran!
Y tú, ¿tienes un animal favorito?
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