09/08/2026
 Actualizado a 09/08/2026
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Caídos de lleno en el infierno estival, hablar de piromanía se ha convertido en asunto común. Conviene, sin embargo, ir a su significado para extender la definición, si es posible, más allá de lo corriente. Dice la Academia que es una tendencia patológica a la provocación de incendios. Otras inteligencias artificiales hablan alegremente de trastorno mental, que es ese diagnóstico frívolo donde incluimos cuanto nos es imposible explicar de un modo razonable.

Naturalmente, los pirómanos, que siempre se nombran en masculino y no por una simple cuestión gramatical, son amigos del fuego y un placer gratuito encuentran algunos de ellos en provocarlo. Otro tipo es el que enciende con afán de alterar el paisaje y sus usos, es un daño intencionado, no enfermizo, son malas gentes. Por último, los hay mucho más sibilinos, sus hogueras no son físicas, su intención no es actuar de modo torcido sobre el medio, sino directamente sobre la vida. Abundan y son peligrosos para la democracia. El colmo de su proceder es que anuncian registros de pirómanos sin empezar por ellos mismos.

Ser pirómano de salón y etiqueta es relativamente sencillo, basta con lanzar insidias al aire, encontrar eco, por lo general bien pagado, en medios de toda gama, sobre todo digitales, y avivar miedos, odios y desprecios. Ni los incendios de sexta generación, como se nombran ahora, son tan virulentos. Convivimos con ellos, los vemos en la televisión, en parlamentos, en desfiles militares, en procesiones, en numerosos actos sociales, parecen hombres y mujeres como cualquiera, pero se les identifica con facilidad por su mala baba. Si uno se fija en sus caras y en sus gestos, verá que siempre hay un hilillo de saliva cayendo de sus palabras y manchándoles las manos. Disimulan, es lo que mejor saben hacer, camuflarse.

En fin, el diccionario, bien aplicado a la realidad, siempre enseña algo. Basta con pararse a pensar, que es una facultad humana nada desdeñable, no vayan a convertirnos en combustible para fuegos.

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