Nos comunicábamos, de modo siempre sobrio, por guasap. Lo vi por última vez una mañana de hospital en agosto de 2025. Estaba en una silla de ruedas, para acudir a la consulta; acompañado por Dori, su esposa y por alguno de sus hijos. Nos cruzamos una mirada de emoción e, instintivamente, cogí su cabeza entre mis manos, como modo de abrazo.
Se nos acaba de ir, este pasado 19 de agosto, a sus ochenta años, el pintor y profesor leonés José Antonio Barrera, un hombre bueno, un ser que ha pasado por la vida sin estridencias, de un modo discreto y entregado, con esa gravedad y sobriedad que constituyen una de las mejores cualidades que tiene lo leonés cuando se encarna en alguien. En él estaban encarnadas.
Como también una afectividad sobria, una cordialidad que, sin pretenderlo, nos atraía a quienes captábamos sus cualidades. Con él, establecí enseguida una inexplicable sintonía. Era una mañana de otoño de 2017, creo. En la estación de autobuses, estábamos convocados quienes íbamos a Grecia (en viaje organizado por el club de los 60). Él, al reconocerme, se acercó a mí. Su sonrisa y cordialidad me atraparon. Supe, enseguida, que estaba ante un ser con alma.
Estaba ante un artista, como enseguida comprobaría. A lo largo del viaje por Grecia, conversamos, junto a Dori, su esposa, y a María, la mías. Fueron también otros amigos, con quienes establecimos un pequeño grupo, espontáneo, de gentes con afinidades.
Estaba, sí, ante un artista. Un artista con alma; pues sin alma no hay arte posible.
A lo largo de todos estos años de proximidad amistosa, conocí sus cuadros, descubrí el universo de su pintura, una pintura arraigada, un arte pictórico –como es el de José Antonio Barrera– destinado a plasmar el espíritu de la tierra, que vibra en sus cuadros, en sus paisajes, en los pueblos que pinta, en las perspectivas que aborda.
Una tarde, me llevó a Carrizo de la Ribera, tierra natal de Dori, y, en una de sus casas (tradicional, de la ribera del Órbigo), me fue mostrando sus cuadros. Los contemplaba dialogando con él y expresándole mi sentir admirativo al contemplar su pintura.
Era, también –pues el alma de los demás era uno de sus puntos de interés, aunque d tal pasión nunca hablara, pues la expresaba en su pintura–, un extraordinario retratista. Me enseñaba un retrato de la cabeza de su padre que siempre me maravilló. Pues advertí en él una obra maestra, marcada por el dominio técnico, pero también por el amor, por el amor filial. Un retrato de una finura y de una delicadeza que hacen que vibre en él el ser plasmado en sus trazos.
José Antonio Barrera era oriundo de Villadangos del Páramo. Era un artista arraigado, un artista entrañado en su tierra. Pero su pintura es universal, plasma el arquetipo del ser humano vinculado con su espacio. Y es universal en el sentido en que Miguel Torga expresara de que lo universal es lo local sin paredes que lo encierren.
Críticos, profesores, analistas atentos –yo mismo lo hice para una de sus exposiciones– han escrito sobre la pintura y el arte de José Antonio Barrera. No es el momento ahora de hacer un repaso sobre ello.
Sí que lo es, en este momento de despedida, en que se nos acaba de marchar el artista, de proponer –y así lo hago desde estas líneas– que, por ejemplo, una institución cultural leonesa como es el Instituto Leonés de Cultura, incluya entre sus próximas programaciones la realización de una exposición antológica de la pintura de José Antonio Barrera, un profesor y artista leonés digno, discreto, sin estridencias.
Un artista con alma, con sensibilidad, con esa sobriedad y gravedad que impregna los mejores tipos de nuestra meseta; un artista con un talento que cultivó a lo largo de su vida, sin prisa, pero sin pausas, para plasmar ese universo entrañado y cálido que expresa su arte pictórico.
Vayan estas líneas en homenaje y en memoria de un artista con alma: José Antonio Barrera.

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