Por fin este cronista, después de tantos años de ejercer cada semana el oficio de «columnista» sin recibir por ello retribución moral alguna, y de buscar inutilmenete cada semana algo que los más conspìcuos calificarían como «un temazo», por fin ahora, a punto de cumplir los 85 añazos, se encuentra de cara con uno lo tiene conturbado.
Se trata de que uno de sus mas fieles amigos desde la tierna juventud leonesa, en la que ambos, tímidos y àcratas, rehusábamos participar en cualquier evento en el que hubiera que tirar de poderío masculino, como para ligar con la más guapa, o salir airoso en disputa callejera no planificada.
Expuestos a que los demás sospecharan de tu hombría, o de tu predisposición a hacerte un hueco en una sociedad de posguerra civil, en la que todas eran sospechas y todo miedos encubiertos y miradas que denunciaban, decidimos afrontar nuestro futuro sin ayuda de nadie y hasta escribir poesía sin ser de esta de amor y sin presentarnos a premio alguno, por si acaso.
Pues es el caso que se amigo es hoy una eminencia gracias a su obra y a su saber estar y hablar como un maestro, que lo es, de la palabra, y cada vez que nos vemos, tomándome del hombro y acercándose a mi oreja, me susurra: Tú y yo, Toñín, somos de pilila pequeña. Y es hoy el día que, para conmemorar los próximos 85 años, quiero desvelar el significad.
Ser así en León es no ser ambicioso en cuanto al reconocimiento social, es decir que, hagas lo que hagas, nunca la pondrás como cebo para pescar en el río revuelto ninguna presa que exhibir después, cuando en el bar del turno, te sientas a jugar la partida con los amigos, algunos de los cuales suelen perder por falta de atención por atender más a los aduladores que se les acercan que a recurdar cuántas llevan ya o si los contrarios han cantado las cuarenta en bastos.
De pilila pequeña, de mi generación en nuestro León ha habido varios. No hace falta nombrarlos. Ni, enemigos de poner por delante el carro que las vacas, presumir ahora de no haber aceptado nunca más reconocimientos que aquellos que te ofrecen sin tú presentarte. Nada de desagradecidos. Nada de altaneros. Nada de Falsos.
De pilila pequeña y vas que ardes. Aquellos homenajes que rinden tus paisanos que te saben un don nadie, y que provocan que uno de tus sobrinos nietos, en edad de sacarse el graduado, te diga en un aparte, en medio del bullicio: Tío, no sabía que eras tan importante.