Nunca supo Manuela de latinajos ni del origen de las palabras, ni falta que le hacía. Le daba igual que viniesen del griego o del romano, pero las usaba mejor que nadie y, sobre todo, cuando hablaba sabía lo que decía. Hablaba de calendas, idus y nonas y se regía por ese calendario agrícola colgado en el aire, indicando las tareas del año, anunciando vientos, siembras y cosechas, en perfecta sincronía entre tierra y hombre, con los santos como mediadores, siempre dando órdenes.
Por eso, llegado San Miguel, cuando el sol empieza a ponerse cabizbajo, arrastra los pies, pierde fuerza y se retira más temprano, todos veían en el otoño una época triste y decadente. Todos menos ella, que opinaba lo contrario. Era por estas fechas, cuando la luz se pone tímida, cuando Manuela se sacudía la galbana del verano y casi de un brinco, abandonaba la sombra de la portalada en la que zurcía las tardes soleadas, sacaba el cesto y la azada de la hornera y le entraba tal azogue que no paraba, como si presintiera que la cosecha se había puesto de parto. Según ella, era el mejor momento del año. Preparaba las madreñas y el mantón de merina por si despertaban el agua y el viento, que ya presentía el cierzo cerca y barruntaba la primera nevada. Manuela nunca supo que la palabra `autumnus´, de la que nació otoño, significa llegada a la plenitud del año, ni supo que, sin saber de etimología, estaba definiendo el otoño. Cómo no iba a estar acertada si ella era tierra en conexión directa con las nubes, la noche y la lluvia, trabajando al dictado de la luna, que iba marcando sus faenas.
Esta semana hubo motivo para sentirnos orgullosos de ser leoneses. La FAO inauguró en Roma un museo dedicado a la alimentación, con asistentes tan variados como la reina Letizia, el Papa León XIV, José Antonio Diez, alcalde de León, y el Abad y la directora del museo de San Isidoro. Exposición que representa la relación entre el hombre, la naturaleza y los alimentos.
Es decir, esa cadena alimentaria expuesta desde siempre en cada hornera del pueblo más recóndito de la montaña leonesa, donde cada instrumento cubierto por telarañas, esconde una historia que va de las nieves y matanzas del invierno hasta las siegas y trillas del verano, pasando por otoños de lomos encorvados sobre surcos, cestos de patatas y eco de hachas en los montes, haciendo acopio para lumbres de otro invierno que ya se acerca, en un girar eterno de estaciones.
Encontraron la forma perfecta de llevarlo todo a Roma. Las estaciones, las tierras, los bosques, el ganado y las tareas agrícolas y ganaderas que el calendario isidoriano representa en cada mes del año. La misma historia escondida en las penumbras del olvido de los pueblos, convertida en arte en el Calendario Agrícola de los frescos del Panteón de los Reyes de la Basílica de San Isidoro de León. Es una recreación de esa obra, de la restauradora leonesa María del Carmen Paz, la representación española en ese museo romano, donde el calendario agrícola medieval de León, convive con obras de 40 países, mostrando tradiciones culinarias y «prácticas sostenibles que permitan asegurar un futuro agroalimentario a nivel global». Y hablando de tradiciones culinarias regresa Manuela. Qué aburrido resulta siempre parafrasear los objetivos de los organismos, que tanta verborrea necesitan para acabar diciendo lo que Manuela decía con cuatro palabras, dos zancadas y un cesto debajo del brazo. Hay que comer sano.
Todo se enlazó esta semana porque en esas estampas agrícolas están ellas, las Mujeres Rurales que celebraron su día horas antes de ser expuestas en Roma, aunque no se las vea. Ellas son el calendario. La agricultura de manos pequeñas. Ellas fueron desde siempre el primer y último eslabón de la cadena alimentaria. Eran mujeres de tierra, la sombra agachada detrás de la yunta, dejando la simiente en los surcos.
Eran las que segaban el pan a golpe de hoz y espalda encorvada. Siempre encorvadas. Y eran las que bailaban con la escreña, separando el trigo de la paja. Eran mujeres de pan, masa madre creciendo en la artesa. Ese era el recorrido completo del calendario, el alimento que llegaba del surco al plato y del trigal a la merienda. Las mujeres rurales están expuestas en Roma. Su trabajo, su tiempo, sus lunas y cansancios están siendo motivo de orgullo, sin ser nombradas, sin saberse, pero estando.
En el acto de la inauguración del museo, puede verse un video en el que León luce majestuosa y serena, llena de historia y de piedra, haciendo una exhibición, sin modestia alguna, de bóvedas, arcos y pilares que bien pudieron titular `los pilares de la tierra leonesa´.
Dice el alcalde que «nuestra calidad de vida hoy, es el fruto de nuestros antepasados, que nos enseñaron a cuidar la tierra y mantenerla». Pues eso. Ellas y sus surcos. Los cestos con los que metían el otoño en casa y las viejas cazuelas en las que cocían el tiempo, hasta que el mundo olía a membrillo. Ellas y sus geranios. Mujeres Rurales, los pilares de la tierra leonesa.