Descartes lo tenía muy claro: "Pienso, luego existo". Y quizá fuese así en su época, hace algo menos de cuatro siglos, pero lo cierto es que pensar no suele ser suficiente para existir en estos tiempos que nos ha tocado malvivir.
Pensar y callar –o ir por las buenas– no hace sino elevar las probabilidades de ser atropellado por la manada de lenguateros desvergonzados que ha tomado el mando de esta nuestra sociedad, ya sea en la calle, en la barra de un bar, en los medios de comunicación o en la tribuna de cualesquiera de nuestras instituciones parlamentarias.
Pensar y callar –o ir por las buenas– hace por ejemplo que alguien lleve diez días en la cama de un hospital viendo las estrellas pese a estar de morfina hasta las cejas y que la mejor solución que le ofrezcan sea adelantarle dos días una consulta con el especialista para la que aún faltaban tres semanas. Pues no, hay que pegar una hostia en la mesa y dejarles claro que no estamos dispuestos a financiar con nuestros impuestos un sistema montado para acabar teniendo que pagar un dineral si quieres curarte y a seguir tolerando discursos en los que nos digan que la sanidad funciona de lujo.
Pensar y callar –o ir por las buenas– hace que muchos camareros mantengan la máxima de que el cliente siempre tiene la razón. Pues no, porque entre quienes llegan a un bar también hay cretinos a los que hay que frenar cuando les puede el ansia por la tapa y piensan que quien está detrás de la barra tiene tres cabezas y seis manos. "Si tiene mucha prisa, tire por la calle Ancha y un poco más abajo de la Catedral está el comedor social", le espetó a uno de esos cretinos el camarero más carismático del reino.
Pensar y callar –o ir por las buenas– lleva a crucificar a una cantante por incluir en su espectáculo las coreografías que le vengan en gana para exculpar a unos padres que tienen el mismo sentido de la responsabilidad que una patata cocida y llevan a sus hijos a conciertos (pese a saber el tipo de música que predomina hoy en día) en vez de al circo o al pueblo a jugar al escondite, a coger moras y a correr detrás de las gallinas.
Pensar y callar –o ir por las buenas– no es suficiente para existir, admirado Descartes. Y por eso niego la mayor y reformulo tu mítica frase: "Pienso, luego embisto".