16/07/2026
 Actualizado a 16/07/2026
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Llamadme pesimista, fatalista, «desengañao», pero es lo que siento en mi cabeza y en mi corazón este verano... Después de la catástrofe sufrida el año pasado en nuestra provincia a cuenta de los incendios forestales que la asolaron de norte a sur, uno pensaba, en su inocencia, que la Junta esa que está en Valladolid, habría puesto los medios para que la cosa no se volviera a repetir. Pero no; el Bierzo está ardiendo como casi siempre, Sajambre también, la Maragatería, la Cepeda, incluso se han producido fuegos a la entrada de León, dónde la laguna de la canción. Estamos a mediados de julio, con lo que nos queda lo peor por venir. Hablemos de lo que conozco; el monte de Vegas, el que está al sol salir, es inmenso: llega hasta Garfín por un lado y hasta Lugán por otro. Junto con el de Cerezales, será el cuarto o el quinto en extensión de la provincia. Es famoso por «la Quebrantada», un paraje que, cuando era niño, se veía desde el Puente hasta Boñar. Es una cárcava que, según el recientemente fallecido Eutimio Martino (sabio entre los sabios), la habían ocasionado los romanos explotando su riqueza aurífera. El jesuita afirmaba que es una pequeño Médula, como otras diez que hay a lo largo de la provincia. Los listos de la Universidad, en cambio, dicen que es producto de la erosión del terreno...; el caso es que ahora casi no se distingue, porque la maleza la ha inundado completamente. A lo que vamos: ir al monte hoy es exponerse a hacer una gincana de supervivencia extrema o a perderse. Por poner un ejemplo: las escobas son talmente como la mujer barbuda del circo: algunas llegan a medir sus buenos tres metros. Esta vegetación extrema es pura gasolina en caso de fuego. ¿Por qué antes estaba el monte limpio y ahora no? Pue muy sencillo, querido amigo: había un rebaño de mil ovejas que lo mantenían a raya. Desde hace más de treinta años desaparecieron y la naturaleza, lista ella, debió pensar «¡esto es Jauja!» Y obró en consecuencia. El caso es que, ¡Dios no lo quiera!, si se prendiese un fuego en San Vicente, pongo por caso, y el viento viniera del sur, que es lo natural en esta época del año, no habría cojones para pararlo antes de llegar a La Ercina o más allá. Lo que sí parece meridianamente claro es que las administraciones, tanto la nacional como la autonómica, pasan olímpicamente de solucionar el problema; alguien que sabía del tema (un ingeniero forestal para más inri), me dijo una vez que los incendios se apagan en invierno, cuándo se deberían hacer las podas, los cortafuegos, todas las tareas que, al fin, mantienen el monte como dios manda. Y luego están las causas. Aunque es cierto que algunos incendios son provocados de forma natural, sobre todo por los rayos de las tormentas, la mayoría nacen, crecen y se desarrollan por la acción de unos pocos hijos de puta que los inician a posta: por gusto (los pirómanos), o por «necesidad», cuatro egoístas que quieren tener más terreno para sembrar o para que las vacas pasten. A esta gente, en un Estado serio, se les debería perseguir, pillar, meterlos en la cárcel y tirar la llave de la celda. Porque lo que hacen es un crimen, talmente igual que el comete un ladrón de bancos, un violador o un homicida. No exagero y lo sabéis. No sé cómo empezó el incendio de los Gallardos, en Almería, pero, si fue por causas humanas, el propio tiene sobre su conciencia trece muertos, como para dormir tranquilo por la noche lo que le quede de vida. Volviendo al comienzo del artículo, no puedo dejar de pensar en lo que pasó el año pasado en las Médulas, en Castrocontrigo, en la Carballeda zamorana o en la Sierra de Béjar. Imaginar que este año puede pasar lo mismo en cualquier pueblo de nuestra provincia es desalentador e incomprensible..., una prueba evidente de que el pesimismo invade cada centímetro de mi alma, de mi comprensión del ser humano. 

Salud y anarquía.

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