Aunque los vientos no den tregua, en la calle Cervantes los jueves son sagrados y si no salimos leoneses salen los visitantes que vienen por curro, sean policías, instaladores o MIR. Son grupos grandes, gastones y educados, aunque saturen los negocios con su jolgorio (mientras los menos chillones se quedan comiendo Macflurries en el hotel). A estos gremios hay que sumar el de los agentes bancarios, reunidos por sus entidades como huestes a instruir en la últimas técnicas de engañabobos, vendehumos y robaviejas. Que si para que puedan ayudarnos les tenemos que autorizar el envío de comunicaciones promocionales, que si nos convendría hacer un seguro médico con ellos, que si evitemos acudir sin cita previa…
Pasó en el Camarote el jueves: teniendo un grupo no clasificado al lado bebiendo en copas de cata, el colega y yo no resolvíamos a qué sector podrían pertenecer. conque no quedó más remedio que preguntar. Porque la duda no es que ofenda, es que mortifica. «Banca» respondió un componente y mi colega le agradeció la transparencia añadiendo que se notaba que no eran docentes por el buen vestir (y el mamón había visto el capote de traca que el entrevistado llevaba estampado en el pecho). No tardando mucho, el hombre nos alargó la tarjeta de director de sucursal y a punto estuvo de llevarse el pulgar al pecho. Fue entonces cuando mi colega le recordó tres veces, como el que niega, que lo bancario hoy es sinónimo absoluto de comercial, comercial, comercial.
Pero metidos ya en conversación (o monólogo con pareja de público) lo bancario dejó paso a lo sentimental, y el visitante recordó con entrañable intensidad cómo su madre le desalentó de ingresar en la Guardia Civil en los años de plomo, por lo cual todavía le quedaba un poco la espina clavada. El camarote de los Hermanos Marx en que seguro se convertía todos los días su oficina por culpa de aquellas estrategias antipersona (gente mayor que no sabe sacar dinero, gente joven que no sabe ingresar dinero, gente sin cita urgida postalmente a pasar por allí, gente haciendo estiramientos contra el lumbago que le ha producido la dilatada espera, Pink Floyd de banda sonora) no parece que fuese nada significativo al lado del estremecimiento que le producía imaginarse de uniforme.
«Aunque trabajen para Lucifer los agentes bancarios son personas» me prometí entonces recordar la próxima vez que uno me diga que para la gestión que deseo hacer he de acudir a la oficina donde abrí la cuenta, a cuatrocientos kilómetros de distancia en línea recta.