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Personajes de nuestra histeria: Urraca I

28/06/2026
 Actualizado a 28/06/2026
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Soportada la primera -¿primera?- ola de calor estival, con récords por doquier que asustarían al más insensato, pero no desalientan a los negacionistas que nos gobiernan y gobernarán aún más si no sucede un milagro, podemos dar por empezado el verano. Y, con él, por supuesto, las series veraniegas. Y, con ellas, por descontado, la chufla y el folclore. Hala.

Este año se dedica este folletín a los personajes de nuestra histeria. Que no historia, que también según casos, pero no se los convoca aquí por eso, sino por lo primero, porque hemos convertido ciertos nombrados nombres en ataques de neurosis colectiva a base de inflarlos y manosearlos. Enseguida quien leyere sabrá a qué me refiero, no alterarse.

Primera en desfilar por este paseo de la fama esporádica será -cómo no- la reina Urraca. Recién quemada en la hoguera sanjuanista, cual objeto deslucido y vetusto destinado a consumirse por exceso de aprovechamiento, la reina Urraca ha de seguir dando guerra seis meses más para después, como tantos, ser amontonada en astillero de herrumbrosas lanzas. La profética y lenitiva hoguera se ha adelantado porque vivimos tiempos de mucha presión por la novedad. 

Urraca era mujer. Esa fue su principal aportación al siempre caprichoso ámbito de las efemérides y su principal vocación de futuro. No es poca cosa; personajes hay con menor legado y ahí siguen, dando la turra. Esa peculiaridad tan poco peculiar caracteriza un momento y entorno no solo muy machista sino directamente segregacionista que tenía a la mitad de la población por seres inferiores (sin alma, se llegó a discutir), tesis aún defendida por instituciones de corte medieval como la iglesia católica, cofradías, etc. Las tradiciones son las tradiciones.

Un trampolín amarillo recién utilizado nos ofrece la piscina, de un azul más intenso que un cielo limpio cortado apenas por dos esbeltas palmeras al fondo… (Pausa de hidratación modelo Hockney)

Urraca era, también, reina. Ambas condiciones, la de mujer y la de reina a una sola vez, la convirtieron en precursora en esta parte del mundo (no así en otras). Por lo demás, se comportó como cualquier otro monarca: brutal y despreciablemente cuando convenía a egoístas intereses, acaparando territorios y riquezas a costa de otros y demás tropelías al uso. Cosa que, por supuesto, cabe celebrar por aquello de la igualdad. Algo así como si Rosa Parks hubiera prendido fuego al autobús con gente dentro.

Urraca es, por otro lado, excusable motivo y razón que a la sinrazón se hace de un cúmulo de actos e incitaciones con dúctil materia cultural: libros, congresos, exposiciones, peroratas y cantatas, óperas y teatrillos, medias maratones y alguna capea. Estos no son ni su culpa ni su mérito, aunque igual algo de ello merecería si pudiera preguntarse a sus súbditos. Menos mal que ha refrescado.

 

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