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Personajes de nuestra histeria 8: dios

16/08/2026
 Actualizado a 16/08/2026
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Entre todos los personajes de nuestra historia e histeria, sin duda los más exitosos y controvertibles son los dioses, dios en singular y con minúscula en su nombre genérico. Pocos personajes imaginarios han logrado tanta relevancia y levantado tanta polvareda, desértica o montañosa.

A quienes no creen, la existencia de tales personajes imaginarios y la prolijidad de ceremonias y fábulas en torno a ellos les provocan varios tipos de reacciones, a saber:

-    El cachondeo. Bromear con las divinidades es afición inveterada y aplaudida. O lo era, porque ahora a la mínima cualquier ciudadano se enfada ostensiblemente o te saltan encima leguleyos integristas (sinónimo del diccionario de la RAE: fanáticos) y te ponen una querella o una bomba con la excusa de la falta de respeto. Como si fuera obligatorio reírse o respetar según qué cosas. Si hay que escoger, mejor Brian.
-    El cabreo. La blasfemia es el deporte rey, preferido por creyentes y no creyentes. Igual que unos y otros invocan al dios oportuno en momentos de placentero éxtasis, también lo hacen cuando la fortuna se torna esquiva y la ira prevalece. Entonces dios es, más que otra cosa, una palabra-comodín: suena fuerte, suena rotunda, suena al dios vascongado de mecagüen.
-    El hastío. Por compromiso (ah, los compromisos) acude uno a una comunión, misa funeral o cualquier otra prédica (y cito estas por conocidas) y entran ganas de fugarse o preguntar por qué, en temas tan prominentes, tanta torpeza, pesadez y apatía. 
-    La indiferencia. Estado natural del no creyente; su naturaleza, en general tolerante, le anima a ignorar intrusiones y contaminaciones ilegítimas y tamborileras para centrarse en sus propias y privadas nimiedades.

Y Yahvé derramó su hálito sobre el desierto… (pausa de hidratación modelo veterotestamentario).

Por otra parte, es cierto que la existencia de lagunas de conocimiento en una ciencia cada vez más arcana y su misma naturaleza, cada día más especializada, favorecen el recurso fácil de conjeturar la existencia de mentes superiores o voluntades sobrenaturales. Es una opción ventajista, desmentida, sin embargo, a cada avance o descubrimiento. Para quienes someten la autonomía de la ciencia solo cabe afirmar que no funciona con varitas mágicas.

La creencia en alguno o algunos de los cuantiosos dioses tiene, empero, multitud de ventajas. En primer lugar, exime de responsabilidades, pues su voluntad prevalece sobre las de los mortales, su brazo ejecutor. A veces, incluso, por mucho mal que se haga, uno es perdonado por su propio invento. Un chollo. Por otra parte, ofrece explicación para todo: se acabaron las angustias de la ignorancia o los esfuerzos de la indagación. Y finalmente, brinda una sensación de grupo muy acogedora en momentos de zozobra: ser los elegidos siempre mola.

Sobre las incoherencias y peculiaridades de estas creencias no entraremos; con ver un capítulo de Cuarto Milenio (cosa que no recomendamos), se entiende todo.
 

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