Regreso de una pequeña excursión veraniega por una carretera estrecha y recta sin apenas tráfico, con las ventanillas del coche abiertas disfruto el crepúsculo de finales de julio, con su ofrecimiento de frescor y placidez. Entonces huelo el humo, de manera leve pero inequívoca. Descubro también que gran parte de las nubes altas del horizonte no son sino humaredas, enormes columnas gris ceniza lejanas y monstruosas. Se quema el monte junto a nuestra casa, arden los paisajes que son nuestros, de mis vecinos, de todos.
El fuego no es un fenómeno extraño o excepcional; protagoniza la historia del ser humano desde siempre, una historia que puede entenderse a través de los intentos por dominarlo, por controlar una reacción peligrosa y necesaria, por contener su capacidad de destrucción y encauzarla en nuestro beneficio. Se diría que estos días vuelve para vengarse de ese dominio. Porque estos días no necesita mucho: combustible, oportunidad y circunstancia. El primero se acumula sin control en nuestros campos; nadie impide limpiarlos, es obligado, aunque muchas veces quienes deben hacerlo (individuos, administraciones…) no sean capaces o lo desatiendan. Vivir en el campo, pero no del campo conlleva abandonos que acaban por pagarse caro. La oportunidad aparece con las altas temperaturas y la casualidad o la temeridad, la negligencia o la criminalidad: hay quien quema el monte por acción pasiva y otros por activa, sea esta intencionada o accidental, cuando se incumplen leyes con resultado nefasto.
Y, al fin, la circunstancia, el escenario propicio para la desmesura del drama. Llámese cambio, crisis o emergencia climática, hace más de un siglo que los científicos lo han definido y advierten sobre él, hace décadas que sufrimos sus consecuencias directas, hace lustros que los veranos se han convertido en una alerta constante con olas de alivio térmico en un océano de bochorno insufrible. En breve, grandes zonas de nuestro país serán inhabitables durante estos meses; puede que, antes, ardan. Es en este asunto clave donde cabe hallar a los únicos culpables seguros de los desastres que devastan nuestra tierra y aceleran una desertización de la que nos avisan desde que los ‘boomers’ éramos críos. Son los responsables de actuar en nuestro nombre y quienes tienen el encargo otorgado de intervenir para paliar o combatir como se pueda, con todos los medios, este reto como el problema cardinal que es. No solo no lo hacen, sino que niegan la evidencia, avestruces convertidos en grajos descerebrados: sencillamente mienten. ¿Ignorancia? No lo creo: detrás de esas mentiras siempre hay intereses. Todos aquellos políticos que niegan o pactan con quienes niegan este tiempo y situación críticos son culpables de una negligencia mayor que cualquier pirómano, son culpables ante esta generación y las siguientes. Son, ni más ni menos, criminales. Se acabaron las bromas, con fuego no se juega.
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