Doscientas cincuenta y una horas de coche, cero de avión (al fin), una y media de barcaza y sesenta y ocho de bicicleta. Pasos sin cuantificar. Siete playas distintas, nueve visitas culturales, una piscina, tres chiringuitos, once sablazos, tres abusos de precio y dos de autoridad, cinco broncas ordinarias, dos extraordinarias y una categoría premium.
Cuarenta y ocho intentos de siesta, veintidós exitosos, el resto amagos de distinta e irritante duración. Un conato de desmayo y otro de insolación. Catorce despertares en plena noche a causa de vehículos a motor carentes de silenciadores o en modo carrera ilegal. Cincuenta y cinco gritos y risas estrepitosas entre las dos y las cuatro de la madrugada desde la calle con resultado de mecagoentusmuertos desde la cama. Bonus track: instalación provisional (tres semanas) de una chapa metálica de gran sonoridad y riqueza de armónicos en orificio de la calzada.
Treinta y nueve cervezas, de ellas veintisiete en terraza, veinticinco de las cuales bien acompañado, una solo y otra deseando acabar. No se contabilizaron en la fiesta del pueblo. Doscientos cuarenta cafés (aprox.) en variadísimas situaciones. Once comilonas con resultado de dos indigestiones y cinco malas tardes; tres cenas al aire libre con resultado eritematoso y trece sándwiches de supuesto embutido engullidos en cualquier parte, con resultado de hambre a las pocas horas. Un chino excelente y un coreano de pega.
Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin traje de baño, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla– y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa (pausa de hidratación, modelo John Cheever).
Un incendio grave en el vecindario, con resultado de varias casas y un buen trozo de bosque quemados y alrededor de mil quinientas discusiones acerca de los motivos, los responsables y las propuestas; y conato de otras tantas, abortadas por el sentido común de héroes anónimos.
Dos películas en el cine (ya supondrán cuáles). Tres quemaduras solares, un eclipse, dos lunas llenas y quince lucidos crepúsculos mal aprovechados. ¿Perseidas?
Un número incontable, tendente a infinito y periódico, de declamación enfática de la palabra calor. Trescientas noventa y ocho entrevistas emitidas a pie de calle con el resultado siguiente:
- No hay quien lo aguante (señoras en playa con niños).
- Aquí, tomando unas cañitas a la sombra (señoros).
- Lo llamamos “la caló” (seres identitarios).
- Solo salimos de noche (jóvenes con gafas de sol).
- No deberían decir buen tiempo cuando hace calor (persona concernida).
- Estamos en verano, ¿qué si no? (señores con gorra).
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