Muchos creen que Dios te habla a través del teléfono, con un mensaje de WhatsApp o una llamada indiscreta, como si fuera un teleoperador en las cabinas celestiales. Lo hace de la forma más sibilina, sin ruido ni notificaciones. Te ayuda a discernir —como decía Ignacio de Loyola— a tomar decisiones guiadas por una concatenación de hechos orquestados desde arriba con sutil omnipotencia.
Hace unos días le regalé a mi tío Rodolfo El vigía de las esquinas, el último libro de nuestro paisano Luis Mateo Díez. El criterio bibliófilo del destino escogió esa obra para que, en mi visita a Santander, le obsequiara con la prosa del Cervantes de denominación de origen leonesa. Rodolfo ya no leerá esa novela: falleció diez días después. Apenas tenía fuerzas, ni mucho menos ganas de sostener un libro. Esa literatura que antaño fue su refugio se derrumbaba con la enfermedad. Me queda el consuelo amargo de haber sido la última persona que le entregó uno de esos volúmenes que durante años sostuvieron los pilares de su hogar.
Hoy le ha sido leve esa misma tierra que los personajes de Mateo Díez tanto han pisado. Curiosamente, Rodolfo sería un buen arquetipo novelesco, un fraile que se enamoró, colgó los hábitos y rehizo su vida cuando encontró a su otro amor verdadero. La vida se parece demasiado a una novela: por mucho que nos atrape y nos cueste abandonarla, también llega a su fin. La gran paradoja de todo buen lector es que siempre sabe cuántas páginas le quedan a la historia que tiene entre las manos, pero jamás cuándo escribirá el último capítulo de la suya. Esa es la verdadera tragedia existencial: avanzar hacia la última página sin saber en qué frase nos van a poner el punto final.
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