En la historia de la humanidad, los insultos han sido un reflejo directo de la moral, la cultura y los tabúes de cada época. La fuerza de los insultos ha pasado con el tiempo de los gestos a las palabras, del lenguaje corporal al verbal. Según el filósofo alemán Shopenhauer, el insulto no deriva de conceptos groseros o vulgares, ni con la finalidad de injuriar, sino que sirve como recurso cuando el arte de la argumentación no prospera y queda anulado.
En política y en particular, la lista de insultos que intentan acabar con la presidencia y reputación de Pedro Sánchez, raya en lo más selecto de la infamia personal. Llamarlo: traidor, corrupto, mafioso, inútil, matón, caradura, tirano, llorón, hijo de puta…, son solamente algunos calificativos del vasto repertorio injurioso de la derecha contra su persona. Y es que la calumnia abreviada tiene ya más abundancia que pelos en la chola el futbolista Cucurella, ¡que ya es decir! Cumplidos ya los ochenta años de existencia, nunca había oído en España tanto insulto personal, y menos contra un jefe de Gobierno, fuese caudillo o sin acaudillar. Pero, como estamos en democracia, y todo lo que sale de la boca ya no choca, el insulto no es una excepción, ni tampoco infracción penal. El delito de blasfemia, por injuria no ya humana sino divina, se abolió en 1988. Me refiero a calificativos de injuria, tanto en la calle como en el Parlamento; lo cual, además de permisibilidad, exhala odio e impunidad. Ello pone en evidencia el grado de educación en un país que no deja de ser de charanga y pandereta, como advirtió Antonio Machado. Por lo que atañe a Pedro Sánchez, se les ha ocurrido a sus opositores políticos, PePeros y VOXeros, transferirlo a Perro. Pero como lo canino, de tanto ladrido ya resultaba cansino y aburrido, puestos a seguir vituperando sin salir de la óptica mamífera, se ha optado por mudar de Perro a Lobo; (esto es, del “guau” al “aúuu”), como así ha manifestado el dirigente del Partido Popular Alberto Núñez Feijóo en una intervención parlamentaria. Ya manifesté en esta página de opinión, hace unas semanas, que, puestos a innovar insulto, me parecía de más impacto motejar Chucho a Sánchez en vez de Perro. No caló. Se ha optado por Lobo. Lógico, es alusión más contundente por montaraz y dañino.
Uno preferiría que quienes exigen inmediatas elecciones vomitando insultos contra el actual presidente del Gobierno, lo fuese, sin embargo, por tener soluciones a dos muy graves problemas que afectan a la ciudadanía: la vivienda y la sanidad. Por otra parte, si al PSOE lo corrompen algunos de sus fieles, llámense Ábalos, Koldo o Cerdán, no basta solamente con desbancar al Gobierno del poder, sino disponer ya de los resortes necesarios contra los reiterados casos de corrupción que vivimos los españoles desde la bienvenida democracia.
En León, como en otras poblaciones, han aparecido pintadas anónimas e insultantes en la fachada y puertas de la sede del PSOE, a raíz de lo publicado por la UCO sobre el asqueroso intercambio conversacional entre los tres implicados referidos. La respuesta del PSOE, compungido por ese trío de corruptos, no se ha hecho esperar: “Lo que han hecho en nuestra casa del pueblo es odio cobarde y fascismo cutre. No son críticas, son insultos miserables de quienes no tienen ni ideas ni dignidad”. Uno se pregunta, ¿si hay acuciante deseo y conveniencia patriótica que Sánchez y el PSOE se vayan a escabullar monos a Brasil, es necesario el insulto parietal y parlamentario? ¿No sería mejor arrumbar los dicterios en el trastero, por airear mejor medidas de resolución a los problemas por los que atraviesa la nación, y que el Gobierno actual no está siendo capaz de resolver?