Perec se hace famoso con 29 años, cuando gana el Premio Renaudot de las letras francesas con ‘Las cosas’ donde retrata las carencias que detecta en la década de los 60 a través de una pareja atrapada por su apego a las cosas materiales. Pero desde niño ya escribía, brújula y motor de su vida. Decía que «quería escribir todo lo que los hombres quieren escribir, y juntarlo todo, y guardarlo todo para que no se pierda nada, para que nada se olvide».
Visionando este documental –a partir de fotografías, películas domésticas y documentos personales– concluyes que para él escribir era su forma de entender, de entenderse. Escribía para «descubrir el mundo en el que vivo, el mundo en el que escribo, y yo, escribiendo».
Mientras se prepara para ser paracaidista, escribe a un amigo: «El primer deber del escritor será, pues, ser lúcido, de buena fe (…) Su obra sigue siendo el reflejo sincero de su personalidad». Después de esta época donde se «encuentra y define a sí mismo» –al atreverse a saltar al vacíoH, pasa una larga temporada en el Moulin d’Anduve, que acoge a artistas, escritores y cineastas y donde se genera la comunidad El Oulipo, cuya misión es humillar a la lengua francesa y en la que destaca Raymond Queneau: «Se trata de usar las restricciones para combinar, triturar y amasar letras y palabras». De ahí surge ‘El secuestro’, donde prescinde de la ‘e’, la letra más importante de la lengua francesa. «La escritura me protege, avanzo bajo la muralla de mis palabras, de mis frases. ¿Sigo necesitando protección?».
Luego, regresa a París en un intento de comprender su infancia –‘W o el recuerdo de la infancia’–: «El proyecto de escritura era ante todo escribir mi historia». Quiere explorar su vida, cómo encaja y desencaja… jugando. De ahí el libro que le hará muy conocido: ‘La vida. Instrucciones de uso’ donde mezcla largas listas, esquema de historias, muebles, objetos, alimentos, animales, relaciones y sentimientos: «Abarcan todos los destinos en un intento de comprender mejor el suyo», y de mirar el mundo a través de la experiencia de los 700 personajes del libro.
Más tarde visita Varsovia, de donde era su madre, judía asesinada en Auschwitz: «Escribo porque vivimos juntos, porque fui uno de ellos, una sombra entre sus sombras, un cuerpo junto a sus cuerpos; escribo porque dejaron su huella indeleble en mí, y la huella es la escritura: su memoria murió en la escritura; la escritura es la memoria de su muerte y la afirmación de mi vida».