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Perderse por Babia

05/11/2025
 Actualizado a 05/11/2025
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Uno de los últimos sábados de octubre, antes de que cambiara el tiempo, decidimos dar un garbeo por Babia; perdernos por Babia, para solar el lastre urbano, de ritmos acelerados y compromisos permanentes de todo tipo.
‘Estar en Babia’, como ‘Estar en Las Batuecas’, alude siempre a una evasión interesada del mundo, de la realidad en que vivimos, cuando esta atenaza y abruma, más allá de lo que es conveniente.

En una mañana soleada, contemplamos Los Barrios de Luna, con su valentía inconsciente y asumida ante la boca del pantano y esas rocas acastilladas, donde estaría esa fortaleza a la que aluden esos romances de ese noble leonés inventado y que solo viven los octosílabos, que fuera Bernardo del Carpio.

Pero nos gusta siempre ir –y así lo hicimos en esta ocasión– a Mallo de Luna, que cuenta con una vieja capilla arruinada, pero con un delicioso dintel con leyenda y fecha: 1764.Y que contara, en su momento, con una capellanía de Nuestra Señora de la Portería, de la que se realizara un apeo de sus bienes en 1772, cuando pertenecía esta localidad, ubicada en un paraje montañés retirado y hermoso, a la diócesis de Oviedo.

Camino de Babia, despedimos Luna en ese ámbito fronterizo que es la ermita mariana de Pruneda, edificada sobre un montículo y no muy lejos del río, que, en el pasado, debió conocer el paso de los ganados trashumantes camino de los pastos veraniegos de Babia. Su romería, el 15 de agosto, cuenta con el rito de circunvalación de la procesión, con la imagen de la Virgen en torno de la ermita.

Comemos en Villasecino, en un restaurante popular, junto a la carretera, atiborrado de un paisanaje que recorre Babia y los parajes montañeses, aprovechando el asueto del fin de semana.

Y vamos a Lago de Babia, el pueblo de nuestro llorado amigo el profesor de filosofía José Manuel Riesco, un hombre bueno y cabal, que se fue de este mundo antes de tiempo, sin alcanzar el tiempo de su jubilación. Subimos hasta el lago, en un ámbito imponente, pero que cuenta, hasta las lluvias que hayan de venir, con muy poca agua.

Advertimos que Lago de Babia se ha convertido en un museo al aire libre, gracias a las pinturas murales de Manuel Sierra, babiano, en muros de distintas edificaciones. Los motivos, siempre con el peculiar estilo de este pintor, son muy hermosos: paisajes, ventanas, naturaleza, flores y plantas, bicicletas, ganados, morrales de pastores…, todo un ‘locus amoenus’ babiano, relajante, colorido y hermoso.

Y, si Pruneda traza la frontera entre Luna y Babia, otra ermita de advocación mariana la establece entre Babia y Laciana. Porque, por estas montañas, abundan las ermitas de advocación mariana, lo que nos está hablando de una religiosidad tradicional vinculada con lo femenino sagrado, con la fecundidad, con la prolongación de la vida. Recordemos, de pasada, la del Campo, en Lazado; o la de la Seita, en Rodicol; por ejemplo.

Volvemos por Los Bayos hasta el puerto de la Magdalena y en él recordamos al fraile agustino César Morán, arqueólogo y etnógrafo de los ámbitos leoneses, zamoranos y salmantinos, a quien tanto debemos. Hablaba el P. Morán de una antigua ermita homónima en tal puerto.

Y ya, dentro de Omaña, nos detenemos unos minutos en Murias de Paredes y también, de regreso, en el santuario (o ermita, como se quiera) mariano de Pandorado, con su correspondiente leyenda cerealística y, por ello, neolítica y vinculada con la agricultura. También hacemos una pequeña parada en Vegarienza, que tuvo antigua preceptoría.

Al llegar a casa al atardecer, volvemos con la satisfacción de habernos dado un baño de ruralidad, ese hermoso y fascinante mundo al que hemos dado todos, desde hace tiempo, ay, la espalda.

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