Esta semana he finalizado la lectura de Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, un hermoso relato que nos habla de cómo las pequeñas resistencias que creamos contra aquello que nos daña, se acaban convirtiendo en la gran resistencia que permite seguir viviendo.
A pesar de haber hecho este descubrimiento, el escritor austríaco se suicidó junto a su mujer meses después de terminar la novela. Creyó que Hitler iba a ganar la partida de la Segunda Guerra Mundial y no merecería la pena seguir en este mundo. Se equivocó.
El pasado septiembre, en Salzburgo, estuve delante de la casa en la que vivió Zweig, y que tuvo que abandonar, forzado al exilio por el ascenso del nazismo. Allí, frente a un muro blanco, hay una estatua pensante del escritor, tan inmóvil en el recuerdo como vivo en sus libros.
En la novela, uno de los personajes cuenta cómo, preso y aislado por los nazis, privado de todo contacto humano y a punto de volverse loco, consigue robar un libro de partidas de ajedrez, que reproduce una y otra vez en su cabeza para no caer en el delirio y llenar su vacío.
Es una buena muestra de otras pequeñas/grandes resistencias que ideamos cada día y, de alguna forma, nos salvan de la tristeza y la ansiedad. La literatura y el cine y la música. También las cañas y el café y hasta el resucitador pincho de tortilla.
Algunos incluso lo convierten en algo colectivo, como los poetas que, en noches gélidas como la de ayer, leen versos en León junto a una antigua prisión franquista.