¡Que viene el coco!, nos decían de pequeños. O el sacaúntos o la bruja. La cosa era meternos el miedo en el cuerpo y de paso conseguir alguna cosa. Básicamente, que no diéramos guerra. Ahora igual. Los psicólogos no se ponen de acuerdo: para algunos el miedo es algo innato, instintivo, para otros se adquiere.
Porque a tener miedo se aprende.
El miedo es un instrumento de dominación, de sometimiento, de doma. Si te quieren atornillar en el curro te señalan la puerta de la calle y te dicen: «Ojo, ahí se pasa frío». Si quieren que les votes a ellos, te dicen que los otros son el demonio. Si no quieren que protestes, te ponen una ley con un nombre tan eufemístico como Ley de Seguridad Ciudadana.
Todos tenemos nuestros miedos, claro, pero siempre es mejor que seamos nosotros sus dueños a que lo sean otros. Si no es así, nos tendrán bajo la bota. Además el miedo, aunque en un primer momento pueda parecer un mecanismo útil (sus resultados son inmediatos), no suele ser el más efectivo. Siempre se aguanta más por amor que por miedo.
El miedo nos hace estériles y anula la creatividad. Creo más en el poder hacedor de la rabia que en el del miedo.
En estos tiempos de tantos miedos, habrá que recordar lo que ponían los antiguos en los mapas cuando no sabían qué había más allá: ‘Hic sunt dracones’ (Aquí hay dragones). Si hubiéramos hecho caso a nuestros miedos ni conoceríamos el mundo ni habríamos descubierto el fuego.
Pequeña teoría del miedo
20/12/2014
Actualizado a
16/09/2019
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