Este fin de semana, además de las elecciones –todo cambia para que nada cambie–, pasaron muchas cosas en la ‘nuesa’ tierra. Estuve en el Conservatorio de León en el Certamen de Lectura en Público para colegios. Setenta adolescentes leían en alto fragmentos literarios en una competición cuyo equipo ganador se llevaba mi novela de premio. Fue emocionante hablar a las nuevas generaciones del placer de la lectura, del primer libro que leí y de por qué escribo –y escribo porque antes leí, leí y leí–. Paseé por esas salas del Conservatorio, que no han cambiado en más de treinta años, y escuché aquellos pianos y a aquellas nenas que venían de toda la provincia para dar la lección en sábados nevados de invierno, sin calefacción y con profesoras adustas que las despreciaban por ser rurales. Quizá por eso me siento más rural que nunca y este fin de semana me hice una gira rural. Pasan tantas cosas en los pueblos.
Estuve en la frontera entre la Cepeda y el Bierzo, vi ese cielo misterioso, cúmulo nimbos en toda la escala de grises, pero también los aerogeneradores que puntean parte de las cumbres. Me entristecí, doscientos metros de altura que trituran alas y cabezas de pájaros, cincuenta metros cúbicos de hormigón vertidos en la tierra –que nadie extraerá cuando los armatostes dejen de funcionar–. Menos mal que luego me tomé unas sopas de truchas y un mencía de Valtuille que me levantaron el ánimo. Estuve en La Bañeza en el nuevo Hollywood –en mi pueblo se abren y cierran bares en un plis-plas– con alguien que me contó un proyecto brillante de recuperación de territorio y pastos tras los incendios en la montaña oriental leonesa –oiréis hablar de ello más adelante–. Estuve en Santibáñez de Vidriales para ir al cine. El cine que su alcalde Iván y su pareja Clara han abierto en el albergue municipal. Rescataron del sótano los gigantes y cabezudos, que te reciben como soldados de guardia del país de Oz, montaron un quiosco de palomitas y, hete ahí, la magia del cine en medio del campo. Todo a precios populares, claro. Después fuimos a celebrarlo al Capitol. Me vino una imagen a la cabeza: esa mítica discoteca llena a rebosar, humo de cigarrillos, cubatas en vasos de tubo y cuerpos sudorosos bailando al ritmo de los éxitos de los 90. Ahora Capitol se ha convertidos en un bar restaurante, todo madera, luces cálidas y un patio de césped que es una delicia en verano. Los pueblos se adaptan a los nuevos tiempos. Pasan tantas cosas en los pueblos. Al día siguiente, frenesí electoral, gente entrando y saliendo de los colegios para votar mientras la primavera explotaba fuera. Gracias al Cielo, a la primavera le importa un carajo quién gane o pierda las elecciones. Pasan tantas otras cosas importantes en los pueblos, en nuestra pequeña grande vida rural.