De caerse, hay que levantarse tan rápido como dejen los brazos porque sino vendrá el siguiente a arrollarte, e igual es ahí cuando uno ya no puede. Así en la vida como en el esquí.
Fui a San Isidro, que no a disfrutar, a sufrir, porque soy tan humano que no es suficiente con el fardo de circunstancias que asolan esta edad, sino que añado el hecho de precipitarme por una colina, haciendo depender la existencia de mi escasa coordinación física y de dios. Iba tan lento como era posible, en un esfuerzo agónico por cerrar los esquís sin partirme las zancas, precipitándome a la nieve en cuanto el descontrol era imprevisible, en cuanto la velocidad superaba mi criterio, o iba hacia fuera de pista, en cuanto la siguiente bajada era tal que no alcanzaba la vista. Sudores fríos en el proceso. Frente al patoso e inhábil, la exasperación de los que tenían aún la paciencia de esperarme (alabado seas). Merecen cielo, riqueza y una vida de felicidad plena.
Qué satisfacción era en la primera pista bajando a la par de niños, sin preocupaciones (¡casi sin frenar!), ni rapidez, ni unos esquís descontrolados, ni bajadas traicioneras, deleitándome únicamente de las vistas. Hasta que llegó el de siempre a hacer lo de siempre, agarrarme y lanzarme hacia adelante. Pasó todo, el eterno pusilánime, arrastrándose, acojonado de lo siguiente, cavilando la remota posibilidad de llegar entero, todo eso que los temerosos hacemos. Pero no soy consciente de si disfruté o sufrí, si fue una experiencia o un martirio. Prometí no regresar hace trece años, pero volví, llegué, y no en camilla. No tengo hijos aún para llevarme a estos sacrificios personales, los de ir de cara a las emociones fuertes porque lo piden, pero sí amigos.
Tal vez sea esto en lo que consista este entramado bajo cero, permitir que la adrenalina domine las dificultades, sojuzgue al miedo. En el camino fácil está la comodidad, en el difícil está el riesgo pero también la fruición, la pasión, la compañía. Así en el esquí como en la vida.
Parecía el peor día de mi vida, pero resulta que sólo fue uno de los más cansados. Qué agujetas.