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Pensar por uno mismo

23/09/2026
 Actualizado a 23/09/2026
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Ya casi nadie te pone un corto o un butano. Aún así, te quedas en el bar, parapetado detrás de una botella de casi un litro, porque menos no te dan. Escuchas, al fondo, una conversación cualquiera y pronto descubres que ya no importa demasiado lo que uno piensa, sino de qué lado se está. No hace falta abrir la boca. Antes de que termine la charla ya te han puesto una etiqueta. Así que decides cambiar de bar, como quien sigue una vieja costumbre, eso sí, sin apurar la consumición. Te vas con esa sensación de estar huyendo de algo que, sin saber muy bien cuándo, parece haber quedado sepultado en el tiempo.

Entre el ir y venir de tanto líquido me abarrunto una mezcla de cansancio y cierta sorna. Cansancio porque cada vez cuesta más decir una palabra sin tener que demostrar a quién perteneces. Y sorna porque algunos de los que reclaman fidelidades, cuando se apaga el ruido y nadie les mira, recuperan los matices y descubren que la vida tampoco era aquello de todo blanco o negro.

¿Qué nos está pasando? Hemos empezado a confundir pensar con pertenecer. Tenemos una prisa febril por saber quién camina a nuestro lado y quién se ha ido al otro bando. Como si hubiera que elegir antes de escuchar. Y, sin embargo, siempre debería quedar una duda. Una de esas dudas que incomodan, como un viento frío bajando del cordal.

La polarización necesita que todo parezca sencillo. Los unos y los otros. Los de aquí y los de allí. Con eso basta para ordenar el mundo sin necesidad de pensarlo demasiado. Pero la vida tiene la mala costumbre de contradecirnos. Podemos llevar razón en un recodo del camino y equivocarnos completamente en el siguiente.

Quizá por eso cada vez nos queda menos. Hasta esas pequeñas cosas que parecen no importar hasta que desaparecen. La forma de pedir en la barra del bar. El ‘guaje’ que todavía escucha la palabra de la ‘güela’. El nombre de un lugar que solo permanece en la memoria de quien nació allí. Pequeñas cosas que parecen poca cosa, pero que llevan dentro una manera de entender el mundo. Un recuerdo babiano que se resiste a extinguirse.

Stefan Zweig lo contó en ‘El mundo de ayer’: las sociedades no pierden la cordura de golpe. La van perdiendo poco a poco, después de pequeñas renuncias. Primero dejamos de escuchar. Después empezamos a descalificar. Y cuando queremos darnos cuenta, la indiferencia ya se ha instalado dentro de nuestras casas. Por eso creo que seguir pensando por uno mismo sigue siendo una forma de resistencia. No aceptar los catecismos ideológicos no significa vivir de espaldas a nadie ni encerrarse en una torre de orgullo. Significa defender aquello que a uno le importa, poder discrepar sin convertir al otro en enemigo y aceptar que quizá, alguna vez, el equivocado sea uno mismo. Esta es la fidelidad que todavía merece la pena guardar.

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