Meciéndose en coqueteo con una brisa con aspiraciones otoñales, observaba su vestido a lo lejos mientras se acercaba por aquel camino pelado, ambas, nos movíamos bañadas por un sol pertinaz surgido a destiempo. Porque el de esta semana ha sido un sol de verano resistente a cualquier nostalgia otoñal.
La hechura del vestido y resto de indumentaria de la mujer que venía hacia mí hablaban de otra época, otra cultura, otro modo de mirar diferente.
Compartíamos camino y de un momento a otro, dada la trayectoria de ambas, estábamos destinadas a encontrarnos. Es lo que sucede cuando se coincide en un territorio, como el de la servidumbre de paso que los ceutíes experimentan de nuestros vecinos marroquíes en su éxodo desesperado. Masa incómoda para los autóctonos que esta semana han recibido la visita mesiánica de los reyes de España.
Leía en un artículo de la revista “Frontera” escrito por Tamara Crespo, periodista destacada en otro tiempo en Ceuta, que “no puede haber racismo frente a personas que, en el caso de los marroquíes que pasaron la frontera entre los días 30 y 31 de julio, tienen el mismo origen, el mismo idioma y la misma religión que la mitad de la población ceutí.”
Debe ser difícil encontrarse en la disyuntiva de renegar de los tuyos, solo porque tu documento de identificación asegure que tenéis nacionalidades distintas.
Mientras reflexiono sobre la cuestión ceutí, la mujer y yo llegamos a la misma altura. Viste de color tierra, un largo vestido estampado con flores marrones. Pienso en sus tierras: la de origen, de la que salió a la búsqueda, y está que se ha encontrado, que pudo ser hostil y, quizás, ahora sea de acogida para ella.
Miro su cara. Menuda, morena, largas y pobladas pestañas que me recuerdan a alguien conocido. Se detiene para hablarme.
“Soy la madre de Ahmed”. Nos sonreímos al reconocernos. Sus palabras reconfortan por el cariño que destilan. Y se agradecen, después de un día duro de incomodidades en la convivencia de los alumnos. Ahmed es un niño dulce. Uno de los alumnos más bondadosos que me he encontrado en un aula.
Y recuerdo la frase de Walt Kowalski, el gruñón excombatiente en Vietnam que, encarnado por Clint Eastwood, protagoniza “Gran Torino”. «Tengo más en común con estos amarillos que con mi maleducada familia». Aunque en este caso, la coincidencia tiene piel tostada y credo distinto que mira a la Meca.
Tras nuestro encuentro, el camino parece ensancharse a mi paso. La veo alejarse, mientras su vestido se agita con la misma ligereza con la que mi corazón también se ha ensanchado reconfortado.
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