Vivimos en una sociedad que se dice libre, pero cada vez piensa menos por sí misma. Nos hemos acostumbrado a mirar el mundo en términos de bandos, no de ideas; de identidades, no de argumentos. Y en ese proceso silencioso estamos perdiendo algo esencial: la capacidad de cuestionar incluso aquello que coincide con lo que creemos.
La polarización no es solo un fenómeno político o mediático. Es una actitud mental que se ha filtrado en la forma en la que interpretamos la realidad. Hoy criticamos con dureza todo lo que viene del «otro lado», pero justificamos con sorprendente facilidad lo que hacen quienes comparten nuestras ideas generales. No es análisis, es afinidad emocional. No es pensamiento crítico, es tribalismo moderno.
Es cómodo pensar que esto ocurre únicamente porque el poder manipula a la sociedad. Y, en parte, es cierto: dividir funciona. Reduce la complejidad del mundo, enfrenta a las personas entre sí y evita que se cuestionen estructuras más profundas. Pero esa explicación es incompleta. La polarización funciona porque conecta con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer, de sentir que estamos en el lado correcto, de reducir la incertidumbre de un mundo cada vez más complejo.
Nuestro cerebro prefiere la seguridad de tener razón a la incomodidad de replantearse las propias ideas. Y ahí nace el verdadero peligro: cuando dejamos de exigir responsabilidad a personas o estructuras de poder simplemente porque «son de los nuestros». En ese momento dejamos de ser ciudadanos críticos y empezamos a comportarnos como seguidores.
La historia demuestra que muchas sociedades no fracasan por sus enemigos declarados, sino por su incapacidad para cuestionar a quienes dicen representarlas. Perdonar errores por afinidad ideológica no es lealtad; es renunciar a la responsabilidad colectiva de vigilar el poder, sea del color que sea.
Abrir la mente no significa renunciar a valores ni aceptar cualquier postura. Significa entender que nadie posee la verdad completa y que la crítica honesta fortalece más que la obediencia intelectual. Las sociedades que avanzan no son las que eliminan el conflicto, sino las que lo convierten en pensamiento, debate y mejora.
Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea que existan ideas opuestas, sino que estemos dejando de pensar de forma independiente. Porque una sociedad libre no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que todos pueden cuestionar, incluso a quienes sienten más cercanos.
Tal vez la pregunta realmente incómoda que deberíamos hacernos no es quién tiene razón, sino si estamos dispuestos a buscarla incluso cuando eso incomoda a los nuestros.
¿Y si el verdadero avance empezara el día que decidiéramos exigir verdad, coherencia y responsabilidad a todos –incluidos los que piensan como nosotros– para construir una sociedad más libre, más madura y menos manipulable?