08/11/2026
 Actualizado a 08/11/2026
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En tres semanas, el domingo 29, será jornada de urnas –un indispensable acto democrático–, que dará fe y paso –se supone– a una nueva época gubernamental. O eso es lo esperado dadas las circunstancias y los sondeos. Y una vez más, como siempre, dos serán los partidos donde la mayoría de los españoles posarán sus ojos y su papeleta: el PSOE y el PP, el bipartidismo hecho dogma nacional, salvo en los territorios del País Vasco y Cataluña. En ambas comunidades se juega a otra cosa y a diferentes apuestas.

En esta partida de envite, Vox no se sentará a la mesa como un convidado más, mudo y estático. Al contrario. Tiene su ‘público’ –que no es menor, como diría Rajoy– y sus conocidas aspiraciones. Y ello, a pesar de la leña que recibe de forma continuada por parte, principalmente, de los medios afines al Gobierno y de los sindicatos mayoritarios y huelguistas. Con todo en contra, ya hace tiempo que el efecto búmeran se viene visualizando para demérito de los ‘sincronizados’ habituales y otros adláteres, como así lo acredita el goteo constante de las encuestas. A los de Abascal tanta hostilidad les resbala. De momento continúan siendo la tercera fuerza del país.

Vistas de esta manera las cosas, el comité electoral del PSOE tiene que estar con un punto de ansiedad. De preocupación. Llevan una campaña de eslóganes frustrados y no dan con el que les saque del atolladero en el que, ahora, se encuentran inmersos. La última pensada de los cerebros grises de Ferraz, en comandita con La Moncloa, ha sido propagar como papagayos lo de «no todos los políticos somos iguales». Es el argumentario a seguir desde la superioridad. Y tienen razón. De eso ya se han dado cuenta una gran mayoría de españoles –muchos de ellos simpatizantes por sentimentalismo con el PSOE, pero decepcionados por la ineficaz gobernanza del país–, que no saben si comprarse unas pinzas para la nariz o quedarse en casa, sentados en el sofá.  

La falta de credibilidad del socialismo sanchista es el lastre que arrastra el inquilino de La Moncloa. Desde que se desdijo de la palabra empeñada en 2019, cuando inició aquel idilio interesado con Pablo Iglesias, precipitó una sucesión encadenada de piruetas políticas, donde el viejo refrán «dame pan y llámame perro» –expresión popularizada por él mismo a conveniencia– se convirtió en la auténtica seña de identidad del Ejecutivo y en su marchamo y elocuencia venida a menos. Si Rubalcaba levantara la cabeza, más de uno saldría escaldado. 

Por otro lado, también es cierto que no hay nadie que habiendo dedicado su tiempo a la política, aguante la hemeroteca. Pero hay grados, como en el ejército. Así, unos se han quedado en la escala básica y otros, como Sánchez, han llegado al generalato con el empleo más alto. Y ahí pretende atrincherarse. No obstante, los engaños pagan peaje y a nadie se le escapa –vinculado o no a esa corriente socialista del sanchismo– que el arrendatario monclovita es un auténtico vendehúmos y no inspira, desde hace tiempo, la más mínima confianza. Es el problema de tomar por tonta a la gente, después de tanto tiempo aliándose con la mentira y los embrollos. 

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