08/05/2026
 Actualizado a 08/05/2026
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Entre los asuntos varios que los cuatro tertulianos tratamos esa noche en un bar de picoteo en Segovia, estuvo el tema de cómo la IA supone el suicidio de la creatividad. Mi amigo sindicalista (también titiritero, todo hay que decirlo) en un primer momento manifestó que no tenía opinión formada al respecto, pero enseguida reculó y nos preguntó si sabíamos lo qué era la patria. Yo siempre he pensado que la patria es el lugar del padre y así lo dije, pero él defendió que era el trabajo, fuera de la índole que fuese, pues nos hacía crear y en ese instante de la creación nos convertía en dioses. Todos estuvimos de acuerdo en que hay metáforas que a la IA jamás se le ocurriría inventar. 

Por esas hebras que hilan el pensamiento, me vino a la cabeza que uno de los hitos que forjaron desde bien temprano la identidad a mi padre, fallecido hace seis años, fue justo el trabajo. Hijo de la guerra incivil que él siempre consideró que no debió de haberse producido –lo mismo que ninguna otra guerra– quedó sin padre, fusilado en octubre de 1936, cuando tenía veintiún meses, y con once años –corría 1946–, iba al pago de mi pueblo llamado Pobladura a atropar piedra, materia prima que se empleaba entonces en la construcción de las carreteras. La tarea consistía en entregar sesenta y tres canastas bien llenas, si alguna no lo estaba la recogían pero no contaba, lo que le hizo espabilar y ejecutar el mandato a la primera. A cambio de esas sesenta y tres canastas percibiría un jornal que daba para comprar media docena de sardinas. 

A los catorce años se inició, aprendiendo de unos y de otros, en el oficio de pastor que, a pesar de ser duro y sacrificado –ni un día de fiesta tenía– vivió con ilusión, con el empeño de hacerlo bien. Ello le permitiría, años más tarde, hacerse con un ‘atajo’ de ovejas propio, hasta que con treinta y ocho años la brucelosis, enfermedad provocada por el ganado –que en su caso nunca fue reconocida como profesional– le dañó el corazón. A pesar de que tuvo que dejar lo que más le gustaba, siguió trabajando en unas cosas u otras hasta bien mayor. Fue ese amor al trabajo lo que dio sentido pleno a su vida, la llenó de dignidad. Siempre que tenía ocasión nos lo contaba orgulloso. 

Este mes de mayo que arranca con la fiesta del trabajo, no me acuerdo de olvidar estas cosas tan importantes que, aunque parecen de otra época, son las que nos anclan, en estos tiempos espurios y desnortados que vivimos, a los valores auténticos. 

Cosas tan de verdad y tan alejadas de la IA como esos cielos límpidos que un día tras otro labraron durante años, rodeado de inmensos campos de rastrojos y cebadas, su sabia forma de mirar el mundo. De entenderlo.

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