Mi edificio es grande. Cada año se nombra un presidente, un tesorero y un par de vocales que siempre se resisten a serlo. En ellos se delegan las llaves, la gestión del dinero y la responsabilidad de que las cosas funcionen, durante el tiempo que ejerzan. Cuando surge un problema, primero se rumorea en los rellanos y después se convoca reunión de vecinos, para tirarnos los trastos a la cabeza, culpar de todo al que no ha venido y, repetido cien veces lo mismo, aceptar la derrama con la que nadie estamos de acuerdo, pero pagamos. Y cada uno a su casa, que hay que preparar la cena y quedó la lavadora puesta. Ya habrá tiempo de rematar el asunto en el patio de luces, mientras tendemos la ropa.
Muchos de los vecinos son gente de edad avanzada y otros, que nos fueron abandonando, dejaron su espacio a razas de otros colores, con labios preciosos y el Siroco en el pelo. Los recién llegados son jóvenes y los que están desde siempre, son calmados. Adoro a los vecindarios veteranos y sus tendales, esos que lo cuentan todo sin decir nada. Tan familiares que vimos desvanecerse los colores del mantel de la vecina del cuarto. Y vimos crecer el pijama de la niña del sexto, hoy ya casada. Pinzas sujetando el estirón de los niños y el vestido negro de María, que se empeñó en enlutarse al quedar viuda. Los baberos penden del aire, muy cerquita de unas zapatillas de cuadros. Son del abuelo de arriba y llevan demasiados días tendidas, habrá que subir a verlo, no vaya a estar malo. El patio anuncia paella y pollo guisado, porque también se comparten el olor de guisos y pucheros. Además de ropa, ausencias y aromas, son comunes los sonidos y se hacen públicas esas broncas tontas de cada día, el continuo parloteo de la vecina que no calla nunca y la música del estudiante de abajo.
Toda esa vida en un solo patio de luces. O en un simple rellano, donde alguien dejó una escoba que todos consideran tan suya como la obligación de mantener limpia la escalera. Porque el hogar de cada uno de ellos forma parte de un hogar común. Ese contacto humano, breve pero diario, te da la seguridad de saberlos ahí, al otro lado del tabique o al otro lado del patio. Una familia sin lazos de sangre, que saben el día que te operan y estarán pendientes cuando regreses a casa. Y se quedan un rato con la pequeña de la vecina, mientras lleva a los dos mayores al colegio. La panadera de abajo reservándote una hogaza porque sabe que llegas tarde del trabajo, o la farmacéutica avisándote de que llegó el medicamento que esperabas. Y sin alejarse apenas, la maestra te dice que el niño está mejorando bastante, pero no come fruta en el recreo. Y el pequeño no espera a despedirte ni darte un beso, porque ya vio a su amigo en el patio y tienen prisa por enseñarse sabe dios qué tesoros que esconden en sus mochilas.
Tu edificio y su portal. El patio de luces con sus tendales. Las macetas de la escalera. Tu entorno, sus comercios y sus maltrechas aceras. El colegio de tu hijo y su maestra. Su pupitre y amigos. El parque que le está viendo crecer y el único pediatra que no le asusta. Todo eso es también hogar. Es entorno amable y terreno amigo, que forma parte de nuestras vidas. No vemos pancartas pidiendo grandes cosas ni casas grandes, ni áticos (sin acritud alguna), ni mansiones, ni parcelas. Solo quieren conseguir su propio techo y cama, un geranio en la escalera y una vecina que se lo riegue cuando estén ingresados o vayan de viaje. Y los que ya lo tienen, solo piden conservarlo. Es otro tipo de Hogar que los buitres no entienden y, al parecer, las instituciones tampoco, queriendo lavar sus conciencias con una “solución habitacional”, que solo la expresión enerva. Tener hogar no solo es dormir bajo un techo cualquiera y sobre una cama cualquiera. Eso se sobreentiende, que solo faltaba ver a Maricarmen sobre un cartón a la puerta de un cajero.
El viernes, tres partidos políticos, de cuyo nombre no pienso olvidarme, abrieron de nuevo la puerta de los buitres que estuvo cerrada por unas horas y, gracias a ello, se pararon algunos desahucios. El viernes, unos señoros derribaron de un manotazo el muro de contención que se había construido para que no se ahogara más gente, hasta canalizar la tormenta. Lo llamaron Decretos, pero iban a ser el salvavidas de muchas familias que han vuelto a vivir con miedo. Y de dormir, ni hablamos. Que nos hablen ahora de democracia (poder del pueblo) y de esa casa de todos, llamada Congreso. Que nos hablen de soberanía nacional y de que “ninguna autoridad está por encima de la voluntad colectiva de la ciudadanía”. El viernes lo vimos. Miles de ciudadanos fuera, pidiendo un hogar y “los que nos representan” dentro, votando lo contrario.
Ya los tienen durmiendo en las plazas y viviendo a la intemperie, ya que tanto les gusta. Ya los tienen a todos en la calle. A los literalmente sintecho, a los que no consiguen tenerlo y a los que, teniéndolo, viven en pánico por miedo al desahucio.
Me equivoqué. La calle de las Camelias aún no existe.
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