Antes de iniciar el artículo en serio, un inciso: como habéis comprobado el domingo pasado, la vida sigue igual. La mayoría de la peña ha votado al PP, y al Psoe, como toda la vida de dios, exceptuando a unos cuantos que lo han hecho a Vox, lo último del credo...; que de los tres partidos que manden en esta comunidad artificial en la que vivimos dos hayan sido protagonistas de los mayores casos de corrupción de la historia de España desde los tiempos del Duque de Lerma y el tercero sea un reducto de nostálgicos que parece que no saben que vivimos en el siglo XXI, lo dice todo...
Bueno, al meollo: Hace mucho que no escribo de temas de cocina, que, como sabéis, es una cosa que me entusiasma. ¿Cuál es la cocina más extendida e importante del mundo? Parece claro que la italiana. Vayáis dónde vayáis a lo largo y ancho del mundo, encontraréis restaurantes donde os den de comer pizzas, espaguetis, lasañas y canelones. ¿Cuál es, entonces, su secreto? Es bien sencillo: es barata, se hace con la gorra y gusta a todo el mundo. Hacer una pizza en casa cuesta no más allá de tres euros; para hacer la masa se necesita harina, agua, sal y algo de paciencia. Para el relleno que pones encima, salsa de tomate, chorizo del barato y algo de queso rallado; lo dicho, su costo no llega a tres euros ni jarto de vino. Con los espaguetis y los macarrones sucede lo mismo; la receta de espaguetis que más me gusta es la que ellos llaman «aglio e olio», que, traducido es al ajoaceite: pasta cocida con sal, con aceite de oliva, mucho ajo, algo de guindilla y queso.
En Italia, como en España, se pasó mucha hambre; los pobres bastante hacían con sobrevivir y se agarraban a lo más barato para hacerlo. Mi compadre Ángelo, que nació en la Puglia, en el tacón de la bota, desayunaba, comía y cenaba pasta; y siempre me dijo que su padre, Vincenzo, quería más a sus cuatro olivos que a sus hijos y que las alcaparras se recogían una a una, no vaya a ser que se estropeasen. De Italia viene el dicho que dice «que, si un labriego mataba un pollo, o estaba malo el labriego o el pollo», porque lo normal era vender el pollo al que se podía permitir comerlo. En España, herencia de los judíos, el plato que salvaba la vida del pueblo llano era el cocido, descendiente, como digo, de la «adafina» que los hijos de Abraham cocinaban toda la noche del viernes para ser el plato que comían el ‘Shabat’, su día sagrado, en el que les estaba prohibido hacer cualquier trabajo físico, incluso cocinar. Era igual que nuestro cocido, pero sin carne de cerdo, que ya les vale, al ser este un animal impuro. Sopa, garbanzos con berza y ración y ahí me las den todas.
Volviendo a Italia; como en España también allí existe el norte y el sur, pero de una manera mucho más radical. En el norte, la pasta se sustituía por la «polenta», plato elaborado a base de harina de maíz, que se sirve como plato principal o como acompañante de un guiso de carne, con salsa y queso. Uno lo ha probado y no tiene color si lo comparamos con cualquier pasta. Digo lo de la tremenda diferencia entre el norte y el sur porque incluso llega hasta el idioma: no se entienden entre ellos, hasta tal punto que, a principios del siglo XX, en Argentina los inmigrantes italianos eran mayoría, hasta tal punto que podrían haber impuesto el italiano como lengua, pero desistieron y aprendieron todos español para entenderse entre ellos. Otra cosa: en Argentina, se come tan buena pasta como en Italia y sus pizzas son, bajo mi punto de vista, más ricas. La cosa, en lo de las pizzas, es clara: tenían mucho más mondongo que echar que sus antepasados napolitanos. Y otra cosa: los italianos ‘venden’ infinitamente mejor que nosotros todas las cosas que hacen y así les va..., mucho mejor que a nosotros.
Un último inciso: cuando escribí el artículo de la peli porno que se grabó en la Quebrantada, falté, sin querer, quede claro, al respeto a la protagonista del evento, llamándola «fea». Me pasé tres pueblos y, como es lógico, reconozco mi error y la pido perdón. Ella solamente hacía un trabajo, bueno o malo, pero trabajo, al fin y al cabo, y nunca se pueden hacer bromas con el trabajo de la gente. Queda dicho.
Salud y anarquía.