Hoy no es cualquier sábado, es, como presagia el título, sábado de pasión, y aunque agnóstica y poco cumplidora de tradiciones, vaya por delante mi respeto, admiración y buenos deseos hacia todas aquellas personas que bien por fe, bien por amor a la tierra, procesionarán esta próxima Semana Santa por las calles de muchas ciudades de España.
Con entusiasmo y entrega ensayan durante todo el año pasos, adornos florales y marchas de corneta y tambor. Salen a las calles con ilusión, fe y pasión y muchos ciudadanos viven con intensidad estos días en los que otros aprovechan para descansar o eligen vivirla a su manera.
Aunque mi fe es endeble, esta Semana Santa me he propuesto acercarme a Dios. Necesito que me escuche. Supongo que es una necesidad humana y ancestral. Cuando ocurren cosas a nuestro alrededor que no podemos controlar, solo nos queda la fe. Por eso, Dios, si existes y me escuchas, rezaré para pedirte que mi buen amigo Rubén recupere al fin su debilitada salud. También te rogaré que nunca haya más casos como el de Noelia, a quien no pudiendo ofrecer una vida digna, se haya decidido darle digna la muerte, cuestión discutible, lo sé, pero no es mi deseo entrar en polémicas, solo evitar muertes injustas. Por este mismo motivo, estaría bien concentrar nuestras oraciones para suplicar que cesen las guerras, que haya paz en Ucrania, en Palestina y en Irán, que haya libertad y prosperidad en Cuba, en Venezuela y en aquellos países donde se han enterrado poco a poco los derechos humanos bajo el encubridor y cómplice manto de ideologías hipócritas.
No sé si es mucho pedir o si, ya abusando, podríamos también rogarte que nos ilumines para elegir gobernantes mejores, con más calidad y calidez, con talento. Políticos que no llamen «basura» a ningún periodista ni ser humano, diputados que no pronuncien palabras como «mierda», con perdón, en la tribuna del Congreso, porque esto no nos lo merecemos, Dios. Eso creo.