Caminas despacito desde la Puentecilla hasta el centro, donde te han convocado un par de amigos. Un veinte de mayo; todavía no es un cuarenta y sobran el sayo y las enaguas; nos falla ya hasta el refranero. Al pasar por el antiguo Instituto Agropecuario se te ocurre que ese edificio, anunciado como flamante futura sede del Ecyl, puede convertirse en el próximo foco mundial de hantavirus: ratas lustrosas como nutrias corren entre basura, hierbajos y cascotes. El inmueble no es de un cualquiera, es de la Junta de Castilla ¿y León?
Sigues. En Santa Ana -los mejores churros del mundo, sin exagerar- Alberto, culturalista irredento, te asegura que la Cultu se va a salvar. Entonces faltaban dos jornadas; ahora, a balón pasado, a descenso consumado, sabes que el amigo churri no tiene demasiado futuro como adivino salvo que pida a los del PP la bola de cristal que usan en asuntos de tribunales. Más arriba, plaza del Grano ambientada en los años ochenta para rodar una serie sobre el Camino. Pero la ropa colgada es marca Calvin Klein y los carteles electorales de Vota Rubinat nos parecen ya del Medievo; en efecto, la época que quieren recrear sí está enmedio. Plaza San Marcelo: de la Feria del Libro del año pasado, dedicada por sorpresa a la gastronomía en una provincia que presume más de escritores que de cocineros, sólo queda un vestigio: la caseta con el rótulo Masticadoras. También ahí el sol, como suelen proclamar los topicazos, sigue siendo de justicia y eso en estos tiempos -la justicia- es ciertamente insoportable. Mejor resguardarse a la sombra en la plaza de las Cortes Leonesas, con una birra tostada delante. Antón habla de El Bierzo, Lucas de la Montaña, tú… escuchas y aprendes. De golpe, un viento traidor de mediodía tira una sombrilla en la mesa de al lado, sobre dos señoronas que pudieron salir mal paradas pero ni se inmutan. Dices «menos mal que aquí andamos sobrados de pensionistas»; los amigos ríen y eso disculpa tu humor negro. Cruza un tipo con un curioso perro que no tiene pelo, no tiene lanas sino una especie de glamurosos flecos colgando casi hasta el suelo. Dices «nunca vi un chucho así; parece Salomé en Eurovisión»; de nuevo risas que compensan casi todo. En la charla surge, ¿cómo evitarlo?, el caso ZP, pero lo que se habla en una terraza se queda en la terraza, a diferencia de lo que se dice en las redes fecales, que se extiende por el orbe.
Acabamos -en lleunés acabemos- comentando el calor exagerado, impropio. El clima, ¿cómo evitarlo?, siempre es tema socorrido. Entonces cuentas, y tus amigos vuelven a reír, lo de aquel colega cachondo mental que le recriminaba por lo sutil -con indirectas, como Gila- al camarero del restaurante cuando no funcionaba el aire acondicionado en verano y él sudaba como un pollo: «… es que no me acabo la sopa». El que no ríe es porque no quiere. Y así, parece que no, de casilla en casilla apuras un día y llenas un texto. De plaza en plaza, entre sol y risas se te va una mañana en este León nuestro de ratas y libros. De perros y jubilados. Y de chiste.